Amores y Desamores, de @Mavengoechea

“Mira que lindo mi pajarito” –le dice Colin de ocho años a mi hija de la misma edad. Y yo me puedo morir de amor por los dos, y por el pajarito también, aunque la casa quede hecha un desastre de acuarelas, pedazos de papel y plastilina.


Adelaida Vengoechea, @Mavengoechea
Nació en Medellín y desde hace 7 años 
vive en las afueras de Miami. 
Administradora de negocios, 13 años de 
casada y  madre de una niña. "Suegra" 
desde hace 4 años.

"Tómate la puta sopa", se titula la 
bitacora en la que cuenta la "aventura" 
de ser madre de Elisa, blog del cual 
precisamente hemos tomado el artículo 
que hoy publicamos. 

Adelaida tiene una fantasía. "Me creo 
sirena porque adoro el mar y la brisa", 
dice con convencimiento esta 
hermosa mujer, "suegra" de Colin.   

Desde que llegamos a Florida, cuando Elisa no había cumplido los tres años, Colin y Elisa han sido inseparables. Caminan de la mano, se saludan de besito, se llaman por teléfono, se envían cartas y pintan pajaritos juntos. Yo me siento la suegra maravilla y hago hasta lo imposible para que no dejen de verse, pues ya no
están en el mismo colegio y a esa edad los nuevos mejores amigos se cambian como se cambia de color favorito. 


Como todas las relaciones, la de Elisa y Colin ha sido una montaña rusa de amores y desamores. A sus tres años, recibí la primera amonestación del condado de Broward firmada por la directora de su pre-escolar: Elisa mordió a un niño y le dejó su brazo todo moreteado. Ese niño era Colin, mi futuro "yerno". 

Los funcionarios del condado consideran que la víctima debe permanecer en el anonimato, pero creen que los papás son idiotas y no preguntan y que los niños son bobos y no contestan, y así, con el chantaje del pajarito espía que viene a mi ventana a silbarme todo lo que hace Elisa, logré que ella misma confesara su crimen.

Fue muy difícil para toda la familia aceptar que mi hija tuviera un reporte criminal desde los tres años. Espero que algún día un gobernante de buena voluntad promueva una especie de amnistía con los delincuentes infantiles y no afecte para nada nuestros trámites legales en el país de la libertad, donde uno puede salir a correr feliz pero no puede hacer fiestas con música de Diomedes Díaz a las tres de la mañana. Así es la vida. 

Al principio, cuando le preguntaban quién era Colin ella decía muy orgullosa “es mi novio”.  Después, cuando la gente -que es medio "tarúpida"-, con risita picarona empezó a preguntarle si se dan besitos y todo, preferí explicarle que Colin es un muy buen amigo que la quiere, la respeta y la cuida, y que debe sentirse muy feliz y afortunada de tener una persona incondicional a su lado. No pasa fácil.

Su mayor discusión hasta la fecha ha sido por culpa del programa de televisión que quieren ver juntos. Mientras Colin busca piratas, guerreros del espacio y ninjas voladores, Elisa defiende su pasión por las princesas, las hadas y las barbies. Siempre pasa que, después de unos eternos minutos de llanto, peleas y gritos, Elisa amenaza con irse y Colin se resigna a ver La Sirenita. Es un show divino: sentados juntos en un sofá del Hombre Araña, abrazados y compartiendo la coca de las crispetas, pasan una tarde feliz. Como siempre debería ser. Yo le recomiendo que aproveche mientras tanto, porque cuando esté grande, Colin seguro no va a dejar de ver su partido de fútbol por más amenazado que se sienta. Así es la vida. 

Los paseos a los parques, las idas a cine, un helado en compañía hacen la vida más llevadera. Pero las separaciones son difíciles, y nos pasó en el último viaje a Colombia, cuando mi hija tenía 6 años. Colin no paró de llorar durante dos semanas aunque Elisa lo llamara por teléfono casi a diario y  se vieran por Skype. 

–¿Cuando regreses de Colombia vendrás a mi casa y dormirás conmigo?- le preguntó Colin. Ella le contestó que sí iría pero que no creería que sus papás la dejarían dormir con él, pero que igual pediría permiso. 

Un día, cuando ambos todavía iban al pre-escolar juntos, Elisa llegó llorando. Gritaba con dolor de corazón que Colin le hirió sus sentimientos. Yo lo odié. Sin saber qué había pasado lo odié con toda mi alma. Después, cuando logré calmarla me contó entre sollozos que él había preferido jugar con Kelly en el recreo. Lo odié más todavía y odié a Kelly también. 

No permito ni creo que permitiré que a mi hija le rompan el corazón. No hay dolor más triste que el desamor y por eso estoy tratando de convencerla de lo fascinante que debe ser vivir en un convento: las monjas parecen vivir felices. Tienen pijamadas, cantan por las noches y por las mañanas, siembran flores, crían vacas y dedican su vida a Dios y a los papás cuando están viejitos. 

Pero las mujeres somos muy bobas. Un día él juega con otra en el recreo y nos enroscamos como culebra. Pero si al otro día nos manda flores y una carta (como la de la fotografía que adjunto), volvemos a querer compartir crispetas en el sofá del Hombre Araña. Y si nos muestran el pajarito, seguro que terminamos durmiendo juntos. Así es la vida.

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