Espina Dorsal, la columna de @AlaNata_

In Memoriam

Un golpe seco en su cabeza que aun no sabía de dónde provenía, su mente en blanco tratando de atrapar algún recuerdo en el remolino que ahora se formaba. Cuerpo pesado, miembros inmóviles, voces urgentes, pasos ligeros, gritos, reproches, confusión… silencio.

Y fue entonces cuando se sintió libre. Libre como ese sol que calentaba el pavimento donde apoyaba su mejilla, como el vientecillo que acariciaba su mano a la que apenas miraba, como sus pensamientos volando sin prisas al país de la niñez, como el tiempo que seguía recorriendo la esfera de su muñeca izquierda, como las especulaciones en voces cercanas que no lograba reconocer, como el hilillo de sangre que empezaba a manar tibio manchando su cuerpo tendido. Libre como sus ojos abiertos a esa realidad que ahora observaba desde el suelo hasta el infinito.

Y pensaba. Pensaba por qué aquella sensación de libertad si la confusión del momento le oprimía, si el dolor intenso de sus huesos apenas si le permitía respirar. Por qué sentirse libre si el calendario de sus años se estaba deteniendo en apenas 17.

Y recordó que alguna vez en su aun cercana adolescencia, quiso sentirse tan libre como ahora, deseó detener el tiempo y dejarlo todo, olvidar responsabilidades apenas iniciadas, compromisos impuestos, expectativas ajenas, promesas de futuros y quedarse tan tranquilo como ahora estaba.

Fue entonces cuando comprendió por qué se sentía libre y se entregó feliz en los brazos de la muerte.

(A mi hermano)





      

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