La bendita columna de @malditosudoku

OTRO DÍA

Andar por la vida corriendo tras un bus que no se detiene, esa era mi vida.  No sé por qué digo “era”, cuando claramente “es” y seguramente seguirá siendo así.  Días llenos de afanes, que se convierten en torturas cotidianas; impuntualidad y angustia, correr para subir cuatro pisos antes de sufrir un infarto, exagerar un poco y no poder subir el último piso. 

Correr por el pasillo hasta llegar al salón lleno de arpías, silenciosas pero al acecho. Antes de todo esto: un viaje incómodo. Rodearme de gente olorosa, calurosa, sudorosa e insoportable; probablemente, para otras personas soy también alguien insoportable, aunque procuro ahorrarles los otros pesares.

Personas que hablan por teléfono sobre problemas que no me importan, que llevan maletas pesadas y que a través de sus aberturas dejan ver sus frustraciones y malestares del día; que tienen pus en lugar de paz interior; con cansancio en el culo y en las piernas al inicio del día, muy a las seis de la mañana, gracias a un descanso inadecuado o inexistente. 

Es esta misma la gente que chilla, pidiendo una silla azul para la mujer que sube al bus con un niño en brazos, al que pellizca o estrecha con demasiada fuerza contra su pecho para que llore y llame la atención de aquellos que improvisan sueño o indiferencia. Esa misma gente que debería meterse su solidaridad por el trasero y luego sentarse de nuevo en su cómoda silla hasta llegar al final de su trayecto.
Locombia

Ahí estoy, como todos los días, evadiendo mi incomodidad por llevar trastes innecesarios sobre la espalda, junto a personas cómodas o simplemente sin otra opción que poner sus cuerpos contra el mío; mi única escapatoria, como todos los días: mirar por la ventana. A través de la ventana, viendo cómo alguna habilidosa (o ridícula) mujer se maquilla en medio de un nudo en el tráfico, cómo una pareja discute, cómo una ambulancia llora, al igual que el niño en brazos de la mujer cazadora de sillas solidarias. Ventanas sucias, llenas de huellas de cabezas y de lluvia acumulada, esas mismas que nadie abre, tal vez por amor al calor humano o por pereza de sentir el viento frío en sus caras.

Luego de casi una hora de sacudidas por el movimiento de los carros en medio de las mediocremente diseñadas avenidas, llego a mi destino, a ser una más que pasa por el puente, que trata de acelerar su paso en medio de los lentos transeúntes y sus torpes pasos y sombrillas, y maletas, y tristes vidas. Y cuando llego a las escaleras y al cuarto piso, agradezco encontrarme con esas arpías; total, son arpías familiares, conocidas, en contraste con los buitres desconocidos que merodean por todos lados fuera de ese salón. 






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