Con la lluvia, Cali se olvida de que es Cali

Por: Óscar Ortega, @relatosurbanos. 

El cielo gris es el presagio del olvido. En mi ciudad, Cali —400 kilómetros al sur occidente de la capital colombiana, Bogotá—, bastan unas pocas gotas de lluvia para que todo sea diferente: nada funciona, todo se atrasa y, lo más cruel, Cali se olvida de que es Cali.

En un día soleado, la ciudad acostumbra a vestirse ligera. Se pone faldas vaporosas, blusas de colores, mangas sisas, se calza con sandalias.

Pero cuando llueve, los caleños se abrigan como si estuvieran atravesando los montes Urales en pleno invierno ruso. Las mujeres cambian la alegría por ese gris apagado o el negro triste. Los hombres esconden sus manos en guantes y los paraguas escurren secretos que se van con el agua.

La identidad caleña se reserva para el sol. A la lluvia, la ciudad se le esconde. Enmascara sus sabores y se dedica a engañar a todos. Le da pena, seguro, de que la vean caminar en botas y no en tacones altos, dando brincos por los charcos, tal como hacía Rosario. 

Los puestos de frutas se reemplazan por lapidarias ventas de capas y sombrillas. Los guambianos del centro exhiben con orgullo sus mercancías, despreciadas durante el resto del año por ser inútiles: nadie quiere un saco de lana, grueso y caluroso, en una tarde con el sol pegando a 35 grados centígrados. 

Los vehículos, acostumbrados a llevar las ventanas abajo para que entre la brisa de las cuatro de la tarde, van camuflados en un vaho que se impregna a los vidrios e impide ver la tristeza. Cali, repito, no es Cali cuando llueve.

Nadie desfila ni protesta. Cabizbajos, los caleños desfilan rumbo a sus trabajos, sin detenerse a saludar ni paran a comer algún chontaduro. La carrera para que la lluvia no deshaga sus azucarados cuerpos les ciega al resto del mundo. Cuando llueve, los que aman esta ciudad se sienten solitarios.

¿Y el amor? Se deja sólo para las habitaciones. Los parques se empantanan y la vanidad caleña incluye el zapato blanco, explicación apenas lógica para saber por qué nadie se sienta en las bancas cuando apenas si cae una menuda llovizna.

El plan romántico se limita a un tedioso e incómodo “arrunchis”, versión moderna y fastidiosa de lo que antes llamábamos “cucharita”. Ni lo uno ni lo otro se puede disfrutar sin que los brazos se encalambren. Además, el frío hace su parte y las sábanas no se hicieron para estos cuerpos acostumbrados a la humedad del Pacífico. 

Pero hay algo bueno cuando llueve: la gente no miente. Las excusas se limitan a una sola y es el aguacero —así llamamos a cualquier fenómeno que incluya agua, sea un “pelo de gato” o un chubasco— encarna ese demonio que no requiere mayor explicación.

Los ojos del cerro de Las Tres Cruces, tutelar y vigilante, se cierran con las nubes y fingen no ver el desastre en que se convierte su ciudad. Y Cristo Rey, el otro cerro, baja los brazos, impotente ante la naturaleza. 

Esta madrugada volvió a llover. Ya son dos semanas continuas. Si el “invierno” —así llamamos los caleños a cualquier llovizna— se ensaña no tendremos ciudad. La cáscara se verá más vivaz, pero el espíritu se tapará con una ruana.   


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¿Quien es Óscar Ortega? 

La Unidad Investigativa de El Periódicko.com logró establecer seis datos sobre este periodista caleño de 35 años, autor del anterior texto sobre Cali y sus lluvias:
1) Que es magíster en literatura latinoamericana. 

2) Que actualmente realiza una maestría en Derechos Humanos y Cultura de Paz en la Javeriana de Cali.

3) Que es docente en las universidades Icesi y Autónoma, donde dicta cursos de escritura y periodismo. 

4) Que escribe un blog denominado  Relatos Urbanos y, de cuando en cuando, publica en la revista cultural Gaceta, de El País.

5) Que como hobby practica la fotografía y que, a veces, hace videos; que jamás ha dejado de sentirse periodista, a pesar de que hace ya siete años se retiro del diario El País, de Cali.

6) Que su cuento titulado Un solitario hombre fue finalista en el Concurso Bogotá Capital Mundial del Libro, en 2008. 


          

1 comentario :

  1. Excelente escrito, un tanto gris pero real al fin y al cabo. ¡Ah! me lo llevé para mi FB.

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