Mi mala influencia en la vida de Álvaro Uribe.

Lo confieso con vergüenza y arrepentimiento: he sido una mala influencia en la vida de Álvaro Uribe Vélez. Yo sembré en su cabeza uno de sus más graves defectos: la egolatría.

Lo conocí en primero de primaria, cuando él tenía 5 años. Ambos asistíamos a una escuela rural en la vereda Margarita (hoy corregimiento) del municipio cafetero de Salgar, Antioquia. Eramos vecinos de pupitre, y también de casa: Álvaro vivía en una modesta finca a dos kilómetros de la gran hacienda de mi familia; mi pupitre estaba situado a la derecha del suyo, una cosa que en el fondo le disgustaba pero que disimulaba muy bien.  Álvaro llegaba a la escuela en mula; yo, en caballo.

Sin embargo, desde el primer momento en que nos conocimos, Álvaro y yo simpatizamos, pese a las diferencias de clase. Terminé prestándole mi caballo y enseñándole a tomar tetero montado en el animal sin que se le derramara una sola gota, un arte que siguió perfeccionando por su propia cuenta.

Muchas veces nos volamos de la escuela para hacer travesuras juntos: correteábamos a las gallinas de las fincas aledañas y les poníamos curas y esparadrapos en las rabadillas  para que no pudieran poner huevos; le amarrábamos piedras en las patas a los patos para "investigar" si se ahogaban; abríamos las puertas de los potreros y corrales para que el ganado se escapara. Lo hacíamos en nombre de la Libertad. Nos divertía ver a los campesinos buscando afanosamente a las vacas por las carreteras y trochas.

Con el tiempo maduramos. Entendimos que eso de taponar a las gallinas era una tontería que no nos convenía. Lo que realmente nos interesaba era que las aves pusieran muchos huevos. Teníamos intereses de  carácter militar, pues los usábamos como munición. Me explico: nuestro hobby preferido era robarnos los huevos de los gallineros,  para luego -escondidos a la orilla del camino- lanzárselos a los niños que salían de la escuela.  ¡Bien merecido se lo tenían. ¡Quien los mandaba a tener cara de izquierdozos minifundistas desplazados!

Desde ese momento, Varito entendió la importancia de  los huevitos en la vida. Y yo aprendí que el que no arriesga un huevo, no se divierte.

Nuestra amistad iba de maravilla, hasta que un día doña Laura Vélez, la mamá de Álvaro, le prohibió meterse conmigo. "Con esa clase de gente, no se junte mijito. Nada bueno le aporta. Hasta las mejores familias tienen ovejas negras ", le dijo. Y tenía toda la razón, la señora (q.e.p.d.). Yo era precisamente esa clase de niño con el que ni siquiera  mi propia mamá me dejaría entablar amistad. A partir de ese momento nos tocó ser amigos con Álvaro desde lejos y en secreto. Tal vez ese fue el primer evento oscuro en la vida de Uribe (y no sé si el último).

Álvaro Uribe sentía gran admiración por la capacidad que yo tenía de hacerle buying  a los demás niños. Nunca olvidaré que fue el primero en entender que mi matoneo era legítimo y en defensa propia. "El lloriqueo de los otros niños es un conflicto que se arma pero que no existe", afirmaba con un convencimiento que a mí me impactaba. Gracias a sus frases yo podía vivir sin remordimiento y en paz conmigo mismo (una verdadera paz con verdadera impunidad). Me sentía feliz: pocas personas pueden darse el lujo de tener a temprana edad a su propio José Obdulio.


Trueno, el caballo que me regaló mi padre para ir a la escuela.
Al fondo, la casa del mayordomo de la hacienda de mi familia.
 
La mañana del 5 de marzo de 1958, el gran líder que Álvaro Uribe llevaba por dentro asomó por primera vez la cabeza, sacó las uñas y desafió mi indiscutible liderazgo en la escuela. Aquella mañana fría nos reunieron a todos los alumnos en el  salón más grande para recibir a una importante comitiva de la secretaría de Educación de Antioquia que venía de visita a la institución.

A mí me pareció aburrida la ceremonia. En cambio, Álvaro estaba fascinado. Para él fue su primer consejo comunitario.  Un par de viejos se echaron sendos discursos de los cuales no entendí ni jota. También habló la rectora de la escuela: no entendí ni eme de lo que dijo. Ahí fue la primera vez en mi vida que oí que los "niños son el futuro de Colombia".  Eso me atortoló. Fue la primera vez que me entristecí por mi país. Me sentí culpable. Yo, que sabía que era una "caspita", ¿el futuro del país? Difícil creerlo. En cambio, Álvaro estaba radiante.

De pronto, ya casi finalizando la mamona ceremonia, un señor calvo y barrigón que encabezaba la comitiva le preguntó de manera solemne a Álvarito qué deseaba ser de grande. "Quiero ser presidente de Colombia", respondió con absoluta seriedad, en medio de los aplausos de todos.  "¿Y usted?-  le preguntó a Jaime (q.e.p.d.), el hermano mayor de Álvaro. "Yo quiero ser el hermano del presidente ", contestó con humildad y ternura. Y se ganó la simpatía de todo el mundo.

Cuando el señor me hizo la misma pregunta, pensé muy bien la respuesta. Sabía que no podía quedarme atrás. ¡Ni para el carajo Álvarito podía ganarme! "Yo quiero ser el dicktador de Colombia", dije en medio de las carcajadas de todo el mundo.

Efectivamente le gané. Esa fue la primera derrota política que Álvarito sufrió en su vida. Como se dice popularmente, me lo papié. Algo de lo que me arrepiento hoy: nunca imaginé las graves consecuencias que acarrearía en su personalidad aquellas palabras mías.

El ego de Álvarito quedó gravemente herido. A partir de allí todo cambió entre nosotros. La semilla de la rivalidad se sembró en la cabeza del niño Uribe.  Y eso ha continuado  a lo largo de toda la vida. Yo hago algo, y él se inventa la manera de hacer lo mismo, pero a un nivel muy superior.  Es una endemoniada carrera en espiral que no sabemos en qué ira a parar. Razón tienen quienes afirman que la historia de Colombia en los últimos tiempos no es más que el choque entre el ego de Álvaro y el mío. O mejor, entre el mío y el del señor ese.

Escudo del Instituto Jorge Robledo

De la escuela rural de la vereda de Margarita me fui a estudiar el bachillerato al Instituto Jorge Robledo en Medellín, un maravilloso colegio en el cual han estudiado muchas personas importantes de este país. Por ejemplo,  Jorge Orlando Melo, el brillante historiador paisa, quien se graduó en 1959. Yo en 1970 y Juanes en 1990.

Muerto de la envidia, Álvaro Uribe convenció a sus padres de que se trasladaran a Medellín y lo matricularan en mi colegio. ¡Qué arribismo tan decadente!

Terminé mi bachillerato sin perder un solo año y ni una sola materia. En los exámenes finales de sexto (once dirían ahora), saqué en promedio 4,8.  Siempre me ha parecido que los profesores fueron absolutamente injustos conmigo. El promedio que realmente me merecía era de 4,9.

El joven Uribe no se quedó atrás. "Fue eximido de exámenes finales en todas las materias durante el 5° y el 6° grado, gracias a su excelente rendimiento académico. Fue declarado el mejor bachiller de su clase", dice Wikipedia, ofendiendo mi propia vanidad. Y es la pura verdad, debo reconocerlo (así me duela).

Sin embargo, es bueno aclararle al país que  Álvaro Uribe consiguió sus éxitos académicos motivado por un sentimiento negativo: ganarme, superarme, aventajarme,  aplastarme, sacarse el clavo y curar su ego. Y así no vale: su hazaña carece de todo mérito desde el punto de vista ético.

Pero la herida no le sanó del todo. Eso se le notó cuando ocupó la presidencia de Colombia durante el periodo 2002-2006. ¡Quién lo creyera! Ese tiempo no le pareció suficiente: así que reformó un "articulito" de la Constitución para poder quedarse en el poder otros cuatro añitos. Y por supuesto, tampoco le parecieron suficientes. Así que preparó otra reforma constitucional para quedarse un tercer periodo consecutivo. Pero la Corte le cerró el paso y le aguó la fiesta (la rumba, el bacanal o la orgía, lo que usted quiera). ¿Por qué hizo todo esto Uribe? Por una sola razón: para demostrarme que él sí podía de verdad ser el dicktador de Colombia.

Una cosa que le produjo una envidia tremenda a Uribe es el hecho de que en enero de este año yo haya fundado este panfleto denominado El Periódicko y le haya incrustado mi pornográfico nombre. (¿Incrustado, dije?  Mas apropiado sería decir: clavado...).

Según me han contado, el hombre estaba desesperado con lo de El Periódicko. No sabía cómo superarme. Por fin hace unos días encontró la formula: le puso al Centro Democrático su apellido. Ahora se llama: Uribe Centro Democrático. Y realmente me jodió. No veo fácil superar ese acto de caudillismo narcisista. Elegante y discreto me pareció cuando logró que al Partido Social de la Unidad Nacional lo denominaran, familiarmente, el Partido de la U (de la U de Uribe). Hasta ahí vaya y pase. Pero esto último que acaba de hacer sí es el colmo: megalomanía descarada, que es la peor clase de las megalomanías.

Algo tendré que inventarme para dejar callado a Uribe. Es difícil, lo sé. Por el momento lo único que se me ha ocurrido es tener  10 hijos y bautizarlos a todos ellos con mi nombre. Les pondré Dick I, Dick II, Dick III y así sucesivamente para diferenciarlos. Pero ya me imagino a Uribe burlándose de mi idea: seguro dirá que la copié de Jorge Barón.  Tiene razón. Estoy jodido. Creo que el desgraciado definitivamente me ganó.

@dicksalazar

Terra. La infancia de los presidenciables



    

1 comentario :

  1. Señor Dicktador:
    Es inimaginable lo que podrá pasar en este país, si su maldito ego y el del señor Uribe resultaran conciliados, o al menos, fuera objeo de una prolongada tregua. Recuerde que "del odio al amor, hay un solo paso"". No puedo negar que para mí sería bueno ver al doctor Alvaro Uribe como columnista de "El Periodicko", y a usted, señor Dickctador, como integarnte de la lista única al Sendo por el partido Uribe Centro Democrático. CARLOS ESPINAL DIAZ @ESPINALDIA

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