Árbol de mango, cuento de @Mavengoechea

Le costó bastante trepar las seis ramas para alcanzar aquel mango que lo tenía salivando hacía varios días. Mientras subía con movimientos torpes recordó que en su infancia vivía de árbol en árbol, y revivió el golpe que lustros atrás  se había dado en la cabeza cuando un  palo de zapotes no soportó su peso. 

Al tener el mango en sus manos se  sentó en una rama para observar el mundo a tres metros de altura.

El dulce sabor que empapaba su paladar le evocó a Ella. Cerró sus ojos para buscarla dentro de sí mismo y pudo sentir hasta el aroma cítrico de su piel pecosa.

Recordó cuando la vio por primera vez, mientras Ella se empeñaba en arreglar un jardín de gardenias, pompones, rosas y violetas que realmente no tenía ningún futuro. Solo Ella creía que las flores, como todo, terminarían adaptándose al mundo que les tocaba y a la vida misma. 

Sonrió cuando recordó que Ella siempre tenía las uñas sucias de tierra, iguales a las de los campesinos que llegaban a las cantinas cansados de su jornal de trabajo a empacarse sus aguardientes y rumiar tristezas. 

Pudo sentir el aleteo de las mariposas que siempre revoloteaban alrededor de Ella, atraídas tal vez por las flores enredadas en su pelo que nunca faltaban. Se estremeció al recordar el lunar coqueto que lucía desparpajada en donde comenzaban a hincharse sus pechos llenos de pecas.

Se dio cuenta que era el mejor mango que se había comido en su vida. Se sonrió reviviendo la vez que Ella le contó que las Hermanitas Carmelitas iban a su casa a ofrecer leche recién ordeñada. Y cada vez, religiosamente, su papá, desde la puerta, le gritaba a su mamá a todo pulmón si necesitaba “leche de monja”. Desde aquella época, Ella le cogió fastidio a la leche y a las monjas. 

Rememoró también que Ella le contó que iba los sábados a clases de catequesis en ese mismo convento de vacas y monjas, no porque le interesaran mucho las historias y canciones desentonadas de la hermana Judith, sino por los confites que allí le daban.  "Para mí, Dios es dulce", decía. 

Recordó que en una de esas clases sor Judith les preguntó a los niños qué querían ser cuando grandes. Uno contestó que soñaba con ser astronauta; otro, mayordomo de doña Panchita, para poder fumar tabaco y usar botas finas; un niño flaco y pequeñito dijo que quería ser Superman, para salvar el mundo; todos se burlaron de Ella cuando dijo que quería ser árbol y así mecer las hojas con la suave brisa de enero, disfrutar del sol y de cada fotosíntesis.

Se entregó en un sollozo cuando recordó el día que prometió amarla hasta la muerte y le temblaron sus manos al revivir aquel accidente en el que Ella perdió la vida. Se le congelaron los huesos y lloró desconsolado al recordar que sus cenizas estaban esparcidas en ese mismo árbol. 

Hizo una pausa, limpió sus lágrimas y volvió a morder la fruta. Su sabor entonces le llenó de vida: Ella se había adaptado a su nuevo mundo y era ya un árbol de mango. Y ese mango, sabía a Ella.

Adelaida Vengoechea
@Mavengoechea

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