@acastanedamunoz: Un 13 de diciembre de 2008

Lo conocí cuando tenía cuatro años. Lo vi entrar y acercarse. Me abrazó con fuerza. En aquellos años me parecía un gigante inalcanzable, muchos años después me lo siguió pareciendo, incluso en los momentos más adversos de su salud fue más alto que yo.

De él aprendí el gusto por el fútbol y el basquetbol, aunque el primero nunca lo aprendí a jugar y el segundo apenas lo intenté. También el gusto por la música. De él recibí mi primera guitarra, era verde y hace muchos años la perdí y me dolió mucho.


Tenía la piel blanca, el cabello negro y un extraño color en los ojos que a veces parecían más claros de lo que en realidad eran. Lo recuerdo siempre con bigote, un espeso bigote que se extendía maravillosamente cuando sonreía y que poco a poco fui viendo como cambiaba su color, tornándose rojizo y cano. Vi como quiso engañar a los años tiñéndose el bigote, imprimiendo sobre sí mismo una juventud estética y caprichosa que al cabo de unas semanas terminaba doblegada por la naturaleza que silenciosa se imponía nuevamente abriéndose paso entre las canas.

Luego vi sus fotos de juventud: tenía el cabello largo y usaba también bigote que, por supuesto, era más largo. Eran los años 70’s, el mundo era un lugar cambiante y las reglas de la estética habían mutado por completo. Llevaba unos anteojos grandes y oscurecidos. Siempre pensé que tenía un aire a John Lenon, aunque creo que nunca le importó en realidad quién era John Lenon.

Siempre fue torpe y nunca logró controlar a cabalidad la fuerza de sus manos inimaginablemente grandes. A veces sus muestras de afecto dolían. Me llenaba de besos y su bigote me irritaba la piel, pero me quería, ¡Vaya que me quería! Y tarde mucho tiempo en entenderlo. Quizás demasiado.

Lo recuerdo en su oficina, en sus años de traje y corbata, en su escritorio lleno de papeles entre los cuales buscaba una hoja en blanco para que yo dibujara. Recuerdo que me decía que firmara siempre mis dibujos. Recuerdo que me impulsó a hacer un libro de dinosaurios. Recuerdo que nunca lo terminé y que eso no le importó. Recuerdo que jugábamos fútbol y que siempre me dejaba ganar. Lo recuerdo en esos años de saludo formal y de reuniones, lo recuerdo luego de mirada triste y cabizbajo. Recuerdo –imagino- que oyó muchas puertas cerrarse. Recuerdo que gritaba. Supongo que alguna vez lloró.

Recuerdo que nos separamos y que volvimos a estar juntos mucho tiempo después. Recuerdo que lo escuchaba por teléfono una vez por semana.

Lo recuerdo también en sus años serenos de vejez que siempre consideré prematura. Lo recuerdo viviendo sólo en un apartamento. Lo recuerdo entre tubos y aparatos clínicos que emitían sonidos para decirnos que seguía vivo, lo recuerdo dormido y sin hablarnos. Recuerdo 52 (o 47, o 57, no sé) días en la Unidad de Cuidados Intensivos. Recuerdo que abrió los ojos, recuerdo los días difíciles, los días de agresividad. Recuerdo que quiso estar solo. Recuerdo que después regresó.

Y hay otras perspectivas: conocí también sus sombras, sus errores. Lo odié, lo rechacé, me rehusé a verlo a los ojos. Luego pasó. Luego vino el respeto y el amor.

Recuerdo que siempre me hablaba de “tú”. Recuerdo que aprendió a saludarme chocando los puños, que siempre quiso hablarme y que no lo escuché lo suficiente. Recuerdo que cometí errores, que los dos los cometimos. Creo que nunca supimos hablarnos: los dos éramos torpes. Recuerdo que se fracturó el hombro y que tardó mucho en recuperarse. Recuerdo que caminaba lento, que su espalda empezó a encorvarse, recuerdo que caminaba cada tarde a comprar pan caliente. Recuerdo que se aferraba a su bastón y que sus gafas necesitaban cada vez más aumento.

Recuerdo que nunca lo escuché lo suficiente. Recuerdo que leía El Tiempo por las mañanas y que hacía trampa resolviendo el crucigrama de la edición anterior con las respuestas de la nueva. Recuerdo que se volvió silencioso. Nunca lo escuché lo suficiente. Recuerdo que no pudo volver a tocar guitarra.  Recuerdo que intentaba siempre hablarme sonriendo. Nunca lo escuché lo suficiente. Recuerdo muchas cosas que no mencionaré porque son los momentos más hermosos que pasé a su lado y he prometido no contárselos a nadie. Lamento que nunca haya leído nada de lo que he escrito, pero a veces creo que no estaría de acuerdo con nada.

Recuerdo que nos ayudó a decorar la casa en aquel diciembre y que hizo un lago para los patos con un plato de vidrio y pintura azul y que lo puso en el pesebre. Recuerdo la palmada en el hombro y la frase premonitoria.

Recuerdo que esa noche, la Noche de las Velitas, mientras todos los demás hablábamos y tomábamos vino, él no quiso levantarse. No pudo. Recuerdo pasar por su habitación y hablar con él. Le llevé un plato con galletas de Navidad que no las probó. No imaginé que todo fuera a terminar tan pronto. Al día siguiente se sintió mal y entonces se suman más recuerdos: recuerdo el hospital, los exámenes de final de semestre, los afanes; recuerdo que se quejaba, recuerdo que se quedó dormido, que respiraba lento, que le hablamos con la esperanza de que nos escuchara. Los días eran largos y tristes. Recuerdo que le pedí que se levantara para ir a comprar los tamales de la Navidad. Recuerdo que esa noche el árbol de lulo se cayó al suelo como si lo hubieran arrancado de raíz. Y otra vez, recuerdo que nunca lo escuché lo suficiente. Recuerdo que lloré y que lloro ahora, mientras escribo esto.

Se llamaba Pablo Antonio Castañeda, era mi papá y el 13 de diciembre de 2008 falleció en el Hospital Militar de Bogotá a causa de una leucemia aguda. Recuerdo que he soñado con él muchas veces y que quizás, no le dije “te quiero” lo suficiente, pero espero que lo supiera. Quizás no sea tarde para escuchar.

Andrés Castañeda Munoz
  13 de diciembre de 2013




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