Colombia-Venezuela: un solo árbol


"No creo ni en el 50% de lo que estoy absolutamente convencido". Esta es la única frase 'célebre' que he creado a lo largo de mis 85 años sobre este planeta. Lo digo sin modestia, pero con algo de molestia: es la única herencia que les dejaré a mis hijos. La inventé un dos de marzo, a eso de las cuatro de la tarde, cuando tenía 20 años y me engominaba el pelo como el ministro Juan Carlos Pinzón. Era domingo. ¡Y qué casualidad! Hoy, domingo 2 de marzo de 2014, sesenta y cinco años después, encuentro la frase escrita en un deteriorado cuaderno que tenía refundido entre un cajón, al lado de unas cartas de amor imposible. Hoy más que nunca, la célebre frasecita me cae como anillo al dedo.

Hay hechos de los cuales no tengo mucha claridad, hay situaciones sobre las cuales no sé qué pensar. Eso me sucede con lo que actualmente ocurre en Venezuela. Si mi cabeza escasamente me alcanza para hacerme una mediana idea de lo que ocurre en Colombia, mucho menos me alcanza para hacer una radiografía de lo que acontece por fuera de nuestras fronteras. No quiero hacerle eco a la propaganda que inunda los medios de comunicación ni a las posiciones puramente ideológicas. Entonces,  ¿cómo diablos acercarme a la realidad venezolana de la cual -confieso- no he sido un estudioso?  

Esta mañana se me ocurrió un método. Hay un conjunto de columnistas con cuyos planteamientos sobre la realidad política nacional coincido generalmente. Me siento identificado con ellos en muchos puntos. "Si ellos dicen muchas verdades sobre Colombia, a lo mejor sus opiniones sobre Venezuela pueden estar también impregnadas de algo de verdad", pensé. Dicho y hecho: me puse a buscar lo que ellos han escrito sobre Venezuela y encontré seis columnas cuyos links presento a continuación.  Me he tomado el atrevimiento de resumir cada escrito citando textualmente algunas de sus principales ideas. Lo invito a que le eche una ojeada a esta colección de pensamientos. Y le recuerdo: usted tiene derecho a no creer ni el 99% de lo que lee. (Yo, también).  

  
MARIA JIMENA DUZAN
Desde que el chavismo llegó al poder, la percepción que tenemos los colombianos sobre lo que ocurre en el vecino país siempre ha estado distorsionada por esa polarización que ha instigado el uribismo.

Para el expresidente y sus seguidores, el mundo se divide en dos: de un lado, los partidarios del castrochavismo y del otro, quienes se le oponen de manera heroica. En el primero, los uribistas que todo lo simplifican, nos ubican a los colombianos que apoyamos el proceso de paz de La Habana, incluido el presidente Santos (…) Del otro, están ellos, los uribistas, hombres buenos, impolutos, que sí tienen la valentía de salir a solidarizarse con sus hermanos venezolanos que se oponen a un oprobioso régimen.

Lo que reina en Venezuela no es un régimen dictatorial de izquierda, sino una anarquía signada más por la corrupción que por la ideología.

La mayoría de los venezolanos protesta porque ya no puede más con los índices de inseguridad y con el desabastecimiento de los mercados de barrio.

Se equivocan los uribistas cuando nos hacen creer que los venezolanos están saliendo a protestar en defensa de Leopoldo López, quien es visto por ellos como el presidente que desearían tener en Miraflores.

Leopoldo López representa la Venezuela que produjo el fenómeno de Chávez y no es muy claro que los venezolanos quieran volver a esa Venezuela en la que la riqueza del petróleo se quedaba siempre en las mismas familias.

Y desde la oposición, el único líder que ha entendido que Venezuela no está dispuesta a volver a caer en manos de las élites del pasado es Henrique Capriles, cuyo liderazgo, sin duda más realista y más ponderado, se asienta cada vez más.

El chavismo según Uribe. María Jimena Duzán. Semana


ALDO CIVICO
En su gran mayoría, las opiniones califican al presidente Maduro como a un villano y a los líderes de la oposición como a héroes. (...) Pero el fervor con el cual se ataca a Maduro conlleva a no analizar con mayor objetividad la naturaleza de la oposición y las dinámicas de lo que está pasando en el país vecino.

Pero más que la fortaleza de la oposición, las protestas señalan, como lo resalta el politólogo George Ciccariello Maher, la división interna de la misma oposición y su radicalización. De hecho, además de Leopoldo López, han tomado relevancia líderes como María Corina Machado, que respaldó el golpe contra Chávez en 2002, y Antonio Ledezma, alcalde mayor de Caracas.

La oposición hoy en Venezuela, más que una política nueva que emerge, representa un pasado que quiere regresar al poder. Encarna la revancha de la élite tradicional, despojada por el chavismo. 

Venezuela vive un momento delicado. No es fomentando el sectarismo y la polarización, denigrando a unos como villanos y elevando a otros como mártires, que se favorece una solución democrática y no violenta a la crisis. La historia del sectarismo político en Colombia debería servir de lección. Por el contrario, es necesario crear las condiciones de un ecumenismo político que con el método del diálogo permita enfrentar los grandes retos que enfrenta Venezuela.

A propósito de la oposición en Venezuela. Aldo Cívico. El Espectador.


JULIO CESAR LONDOÑO
Los problemas de Venezuela son reales (...), pero están magnificados por la prensa de derecha y por los descendientes de unas castas letales que han saqueado el país desde que Bolívar estaba chiquito (Juan Vicente Gómez, Pérez Jiménez, Lusinchi, Herrera Campins, Carlos Andrés Pérez, Cisneros, los Capriles, Caldera).

Un Capriles señalando la corrupción de los “boliburgueses” resulta tan cínico como Uribe criticando los métodos de Santos para reelegirse. En ambos casos, la escasa autoridad moral del acusador termina casi legitimando la inmoralidad del acusado.

Pero no todo puede ser malo allá porque, como dice William Ospina, Venezuela es el único país donde los ricos protestan y los pobres celebran.

¿Qué tan malo es Maduro? Julio Cesar Londoño. El Espectador


MARTA RUIZ
Acojo el consejo de una periodista amiga que vive a unos metros de la Plaza Altamira de Caracas y que me ha dicho: ¡Aléjate de Twitter! Porque si uno se atiene a las redes sociales, Venezuela es un campo de batalla. Y a lo mejor no lo es tanto.

Se sabía que tarde o temprano la situación iba a estallar (...) Con la mayor inflación del mundo (56 %), un desabastecimiento de alimentos de primera necesidad, era más que lógico que la gente terminara en la calle. 

El fracaso del modelo económico del chavismo no se puede esconder bajo las banderas de la revolución, por más logros que esta tenga.

Venezuela tiene una tradición ejemplar de pacifismo y creo que está muy lejos de una guerra civil. Sin embargo, hay factores nuevos en esta sociedad que preocupan.

Pero una cosa es que a un sector de los venezolanos se les haya rebozado la copa y otra que Leopoldo López sea el héroe de la jornada. López, replicando las viejas mañas que han llevado al fracaso a la oposición venezolana, se subió cual surfista en la cresta de una ola de inconformidad, para sacar provecho de ella.

El experimento chavista, muy a pesar de que ha significado mucho para los sectores más pobres, es un fracaso para el conjunto de la sociedad, y un sueño que América Latina difícilmente va a imitar.

Otra revolución perdida. Marta Ruiz. Semana.


MAURICIO GARCÍA VILLEGAS
La Revolución Bolivariana tenía buenos propósitos de justicia social e inclusión política. Pero para lograr estos objetivos los chavistas se inventaron un socialismo tan chabacano y vaporoso en su contenido como intransigente y sectario en su práctica.

Pero la Revolución Bolivariana no sólo es un ejemplo fabuloso de incompetencia técnica y administrativa, sino también de fundamentalismo religioso. Así lo demuestra la condena a ultranza de sus opositores, tratados como encarnaciones del mal (...) y la santificación de sus líderes, empezando por Simón Bolívar y Hugo Chávez.

En lugar de redentores iluminados, en América Latina necesitamos más gobernantes de izquierda (también de derecha) que sepan dudar (de ellos mismos, para empezar), que aprendan a oír a sus críticos, a tolerar a sus contradictores, que se dejen aconsejar por los expertos, que aprendan las minucias de la administración pública (no sólo de la ideología) y que consigan buenos resultados económicos.

Lo que intento decir es que en América Latina no sólo necesitamos más revoluciones económicas, que acaben con las injusticias sociales, sino también más revoluciones intelectuales que acaben con el dogmatismo y la intolerancia. Y sobre todo, necesitamos que ambas cosas ocurran en cabeza de la misma gente.

Revoluciones intelectuales. Mauricio García Villegas. El Espectador


William Ospina
(...) Siempre he admirado el carácter profundamente pacífico de la revolución bolivariana, en cuyas elecciones llega a participar más del 80 por ciento del electorado, y a la que han caracterizado movilizaciones de miles de ciudadanos que protestan y miles que celebran. Yo pienso que tanto los que protestan como los que celebran merecen respeto. 

Es sobre todo por su contraste con la violencia colombiana que he sentido tanto respeto por el proceso que lideró Chávez y ahora lidera Nicolás Maduro. Intentar reformas que favorezcan a los sectores más desprotegidos no es sólo un derecho sino un deber de los gobiernos, en un mundo tan injusto y tan desigual como este.

Todo el continente padece hondos problemas de corrupción y fenómenos aberrantes de violencia desde la frontera norte de México hasta las favelas de Río y las barriadas de Buenos Aires, pero ningún tema continental despierta más debates en los medios que el venezolano.

Quince muertos por razones políticas en Venezuela y la prisión de un líder opositor, causan más conmoción en el mundo que los 27 muertos que lleva Quibdó en dos meses, que los descuartizamientos en Buenaventura, o que el largo exterminio de la Unión Patriótica en Colombia.

Lo que ocurre en Venezuela es mirado con más atención y con más severidad, y es justo que así sea. Venezuela ha liderado en los últimos 15 años un esfuerzo de justicia y de dignificación de las comunidades que hace que todo lo que ocurre allí sea mirado con más esperanza y más espíritu crítico que en cualquier otra parte.

En Colombia persisten la violencia y una larga tradición de intolerancia política, pero Colombia no está liderando con sus comunidades un proyecto moral de transformación histórica; quizá por eso no se la mira con tanta expectativa. 

Ya sabemos que una oposición mediática continua está declarando a Venezuela al borde del colapso día tras día desde hace 12 años, y acusa a su gobierno de dictatorial, aunque haya ganado todas las elecciones con la más alta participación del electorado.

Siempre he dicho que el principal error de la oposición ha sido no reconocer con humildad que el proceso bolivariano responde a un gran clamor de justicia y de dignidad, válido no sólo para Venezuela sino para todo el continente. 

El gobierno venezolano tiene el deber de mantener la paz, de ahondar en el diálogo, y de mostrarle a su pueblo y al mundo que el modelo que propone es superior en su capacidad de convivencia, en su compromiso de dignidad y en su promesa de prosperidad general, y tiene que permitir que lo critiquen y lo vigilen. Esa es la magnitud de su desafío. 

Venezuela ante la Historia. William Ospina. El Espectador


    

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