Crónica de un silencio, de @AlaNata_


Noche. Un ruido me despierta, aguzo el oído y no es más que el crujido de la madera dilatándose después de un día de calor.

Me quedo viendo al cielo raso en medio de la penumbra. No hay sombras, solo reflejos de las luces de la calle que se filtran por la misma ventana que pronto dejará entrar al sol. Los cantos alados aún no llegan y apenas si puedo percibir a lo lejos sonidos de autos que pasan raudos, tal vez acosando a la madrugada. El silencio.

Mis ojos no pueden cerrarse de nuevo, -todavía me quedan unas horas- pienso, pero no logro retornar a mi sueño. Sueño... ¿y cuál era el sueño? Ante el repentino crujir de la madera ha huido espantado. No logro recordar ni una sola imagen. Tal vez soñaba que era una mariposa como lo hacía Tzu, tal vez el caballero enfermo del cuento de Giovanni Papini o tal vez mi mente solo recreaba algún episodio de mi vida (pasada-futura), no sé. Intentar atrapar las imágenes invisibles me produce un dolor punzante a ambos lados de mi cabeza.

Acosa ahora una necesidad primaria. Me levanto, tomo la bata que está al lado de la cama, desisto de las pantuflas y me dirijo descalza hasta el baño. Recuerdo al salir que lleva varios días pendiente aceitar las bisagras de mi puerta para que su rechinar nocturno no despierte a nadie más que a mí.

De regreso, paso junto al espejo y me detengo a mirar esa silueta que dice ser yo. ¿Qué pasaría si repitiera tres veces "Mary Bloody"? Llego hasta dos. Me quedo tratando de identificar rasgos de ese rostro que me diferencia de otros y que a veces desconozco. Un brillo apenas perceptible me deja ver el lugar de mis ojos. Saco la bata y hago un último intento por adivinar mi cuerpo. Nada, solo un fantasma sin sábana que no puede verse en el espejo.

Vuelvo a la cama, tomo el celular tirado a un costado y lo miro, quizás con la esperanza de hallar un mensaje que me recuerde a alguien... vacío. Una llamada perdida de número desconocido, un mensaje del operador ofreciendo el último éxito en Ringtone, batería baja... nada. Lo dejo de nuevo donde estaba. La lamparita inalámbrica que se hace mi cómplice en momentos como este, está de visita en otro cuarto, entonces sin recurso para leer algunas páginas del libro en mi mesa de noche, me vuelvo hacia la pared.

Y ella, la pared, se vuelve juez implacable, me acusa con recuerdos que rebotan marcados en equivocaciones (mías y de otros) y arranca lágrimas contenidas. Giro un poco mi cabeza, la hundo en la almohada y entonces ella acuna mis dolores y se adueña de mi llanto, lo hace suyo, lo bebe, lo seca. Acaricia mi cabeza y de nuevo, el silencio de los sueños.

Una alarma, revolotear de cantos mañaneros, luz llenando la estancia, ruidos cotidianos... vuelve la mascarada. @AlaNata_


(Imagen cortesía de @HistCotidianas)


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