"Ni siquiera se me ocurre un título": @acastanedamunoz

“¿Cuándo vuelves a escribir para El Periódicko.com? Se te extraña”. Me dijo Dick Salazar el domingo pasado, cuando comentábamos la edición más reciente de El Periódicko. “Esta semana”, respondí.

Así fueron pasando las horas y los días. Y mientras esperaba a que llegara la inspiración, empecé a escuchar al tiempo burlarse.

La verdad es que últimamente me cuesta concentrarme. La verdad es que últimamente paso demasiado tiempo refugiado entre las letras –más entre las que leo que entre las que escribo– porque a veces siento que la realidad pesa demasiado. Y por eso, porque la realidad pesa demasiado, es que la leo. Todos los días. Desde hace muchos años las noticias son las mismas, pero por alguna extraña razón, siento la necesidad de leerlas a diario.

Sucede con demasiada frecuencia que la inspiración deja de hablarme y se me van las ganas para el carajo. Quisiera burlarme de esa realidad que leo así como inspiración se burla de mí porque no puedo escribir nada. Y de esta manera, cuando ya voy por el tercer párrafo y no he dicho nada, siento que debería cambiar de oficio y seguir siendo un “don nadie” que por lo menos no tenga la desfachatez ni el descaro de escribir lo que le parece del mundo con la ilusión de que a alguien le importe. Pero, ¿qué más puedo hacer? La verdad es que no sé hacer nada más. Los que escribimos, aunque lo hagamos mal, no sabemos hacer nada más.

Ahora se me ocurre contarle una historia. Yo sé que no tiene nada que ver con lo que escribí arriba, pero ruego a usted disculpe la falta de cohesión. Será una historia corta, lo prometo. Cosa de un párrafo nada más.

La conocí vaya uno a saber por qué casualidad. Apareció de golpe en mi vida, yo no la esperaba ni la buscaba. Pasó así, simplemente y no sé en qué momento me empezó a hacer feliz saber que existía. Me gustaba verla a los ojos y tomar café. Me gustaba su cabello rojo y sus labios. Me gustaba que fuera única y feliz. Luego el cariño se volvió intermitente: la mayoría del tiempo ninguno de los dos estaba. Un día, después de tomar café, cuando empezaba a llover, se despidió. La vi alejarse bajo el cielo gris, en medio de los edificios grises, pisando las calles grises. Nos cruzamos nuevamente y no quise mirarla. Después fue mi turno de marcharme y nunca, hasta hoy, había vuelto a escribirle nada. 

Y así termina la historia. ¿Ve usted? Fue tan corta que pude condensarla en un párrafo. 

No se me ocurre nada para terminar de escribir. La condenada inspiración me abandonó por completo y me parece muy difícil unir una palabra con otra hasta formas frases y párrafos. Ojalá regrese pronto. Mientras tanto, espero aquí sentado, tomando café. 

Andrés Castañeda Muñoz
@acastanedamunoz

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