@acastanedamunoz: Nombres y fechas

Y de nuevo me encuentro allí, un año más tarde, parado frente a la tumba. En la lápida de mármol gris que no ha perdido su brillo pese a la hegemonía que ejerce sobre ella el polvo y los vejámenes de la intemperie, hay grabados tres nombres unidos a tres fechas. Sobre la piel del mármol, cada letra negra se va amarrando a la siguiente para formar ese trozo de identidad propia que reconocemos en los nombres de nuestros familiares.

El primer nombre, Florentino Ramírez, aparece junto la fecha 8 de junio de 1953, la cual se encuentra –como las otras dos fechas- eclipsada por una cruz. Florentino Ramírez era, según me contó mi abuela hace ya tantos años, un hombre alto, de espalda ancha, delgado pero de gran vigor y fuerza física. Tenía los ojos de un extraño azul que más bien parecía gris. La fotografía que mi abuela atesoraba con gran recelo y en la que aparecía su padre vestido de paño y con una expresión tan sosegada y calma que daba la impresión de estar lleno de vida, había sido tomada  (según dictamen de su memoria) dos días antes de su muerte. Florentino Ramírez fue mi bisabuelo. Me da por pensar, anclado a la fecha de su fallecimiento, que no vivió la dictadura del General Gustavo Rojas Pinilla porque falleció 5 días antes de que el militar se hiciera con el poder.

Las segundas letras forman otro nombre: Campo Elías Muñoz, el cual está también acompañado por una fecha: 15 de febrero de 2002. Campo Elías Muñoz murió en una madrugada de viernes, un día después de que se celebrara en Estados Unidos el Día de San Valentín. Dos días antes había sido Miércoles de Ceniza. Murió, pues, en tiempos de cuaresma, esos tiempos que cada año anuncian la pasión y muerte del Señor de los cristianos, ese Señor del que hace tantos años me alejé. Campo Elías Muñoz era mi abuelo materno. A él lo recuerdo con especial cariño

El tercer nombre está acompañado de la fecha más reciente: María Josefa Ramírez de Muñoz, 10 de mayo de 2011. A mí sus ojos siempre me parecieron grises. Recuerdo su vitalidad, su profundo amor por la cocina, la insistencia que mantuvo hasta los últimos meses de su vida por practicar la costura. Un día, en ese diciembre en que la muerte se llevó a mi padre, ella me enseñó a cocinar envueltos de mazorca. María Josefa Ramírez de Muñoz era mi abuela. Era hija de Florentino Ramírez y esposa de Campo Elías Muñoz.

Y aquí estoy, sintiendo  reconocida –y quizás representada- mi existencia por medio de esos nombres. Me siento reconocido, por ejemplo, en el Muñoz de mi abuelo, primer apellido de mi mamá y segundo mío, o en el Ramírez de Florentino, mi bisabuelo, que fue el primer apellido de mi abuela y que es el segundo de mi mamá. Pienso en el egoísmo de sentirme reconocido allí y recuerdo ese poema atribuido sin pruebas contundentes a Jorge Luis Borges:

Ya somos en la tumba las dos fechas
del principio y el fin, la caja,
la obscena corrupción y la mortaja,
los ritos de la muerte y las endechas.  
(El olvido que seremos, fragmento)

@acastanedamunoz


     

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