Una visita, por @AlaNata_

Una vez cortada la llamada, termino de ponerme el jean que había quedado a medio camino, no sin antes secar el agua que todavía queda en el cuerpo. Ato mis tenis negros (bien apretado, tal como me gusta) y regreso al baño. Me detengo un momento ante el espejo y decido lavar mis ojos llorosos. Un poco de rubor en polvo (que no me vean tan pálida), una pinza recogiendo desordenadamente el cabello, un último vistazo al conjunto y de nuevo al cuarto.


"Estoy lista", digo cuando la voz responde al otro lado del teléfono. Y aquí estoy, en el asiento de copiloto del auto que me lleva a donde no quisiera tener que ir.

Miro a mi izquierda, noto algo de angustia en su rostro y pienso entonces que por ellos debo hacerlo. "Las luchas que emprendemos a diario no siempre son por nuestros deseos", pienso mientras inclino mi cabeza hacia atrás y cierro mis ojos.


Recuerdo entonces algunos apartes (difusos, confusos) de un cuento de Michael Ende: dejar que pongan en mi red aquello que no saben cómo cargar los hará más livianos, pero ¿y mi red...? Suspenso. Alejo de un manotazo estos pensamientos y fijo la vista en la vía que se abre ante el parabrisas.


Un parqueadero. Desciendo del auto y camino con la mirada fija en el asfalto que pasa bajos mis pies. Una puerta plateada me separa del pasillo blanco con hileras de sillas a lado y lado. Me siento.

Escucho mi nombre con un número al que debo dirigirme. Una silla, un escritorio, un hombre frío escrutando papeles, una mirada, dos palabras... un abismo.

   

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