@cdelaha: urge prohibir que los jóvenes mueran

Un profesor barranquillero que escribe y reflexiona sobre la vida 
de sus jóvenes estudiantes; un profesor que se define en Twitter 
como "lector desocupado", que nació un 24 de marzo 
de un año no muy lejano -pero tampoco tan cercano, al decir de las malas lenguas-; ese señor, que escribe de una manera 
que a mí me encanta, ese señor se llama: Carlos de la Hoz Albor. 

Y aquí uno de sus cortos textos que me impactaron: la vida no debería acabársele a nadie cuando recién la está estrenando...


A Geraldine la conocí el año pasado. Elegante y bastante espigada para sus doce años, la veía caminar por los pasillos de la escuela, sonriente y en compañía de dos amigas de las que nunca se separaba. Algunas veces la veía liderar con diligencia la entrega de merienda a sus compañeros, entre quienes era muy respetada y apreciada por su carisma. Otras, entraba con mucho comedimiento al curso donde yo estaba en la primera hora a llevar la carpeta de la asistencia.

El martes pasado la tuve por primera vez como alumna y elogié su letra pareja y cuidadosa, lo que la hizo sonreír e iluminársele el simpático rostro delgado. Ayer, a la hora del recreo, me la encontré en el pasillo, la saludé y, sin detenerse, me respondió con un tierno "¡Hola, profe!". 

Al caer la tarde, recibí la noticia de que había muerto, al parecer por un infarto fulminante, en momentos en que se dirigía a su casa por la calle de siempre, con los amigos de siempre, con la sonrisa y vocinglería de siempre de los que apenas empiezan la vida y no tienen por qué entristecer sus rostros con ninguna preocupación.

Me pregunto, abrumado por la perplejidad, sumido en una honda tristeza y con una rabia visceral: ¿Cómo se puede ir así de la vida, con los sueños intactos, con muchas sonrisas que dar, con muchos juegos que jugar, una niña de apenas doce años?

@cdelaha

1 comentario :

  1. Gracias, estimado Dick. ¿Cómo olvidar a la flaca Geraldine? Triste un país en que los maestros ven caer así a sus estudiantes, en silencio, como hormigas a las que aplasta la bota sucia de la vida.

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