El límite de la sátira. Por: @Marajita

 Una vez más la intolerancia de este mundo nos deja con la terrible sensación de ser gobernados por el odio, la venganza, la destrucción y la muerte.

Los hechos ocurridos en París, en la sede de la redacción del semanario francés Charlie Hebdo, donde murieron doce personas y otras veinte resultaron heridas a manos de terroristas fundamentalistas, merecen, además de nuestro rechazo total,  dos profundas reflexiónes:

¿Cúal es el límite de la sátira, de la burla como manifestación de ese bien sagrado que es la libertad de expresión?  ¿Cuál es el límite de la reacción de quienes son (hemos sido) objeto de esas burlas dentro del marco de ese otro bien sagrado que es la libertad de religión o de culto?

La vida es sagrada, por eso ninguna ideología, filosofía, religión puede pasar por encima de ese principio natural. Estoy absolutamente convencida que en donde hay violencia contra el ser humano y sus expresiones, contra los animales o la naturaleza, allí no está presente ni Dios, ni Buda, ni Mahoma, ni la Pachamama.

Nada puede justificar un atentado contra la vida humana, nada.

Prácticamente desde que nacemos estamos expuestos a las burlas de los demás, por nuestro color de piel, nuestra fisonomía, nuestra condición social, nuestro género, si sabemos leer, si sabemos sumar, si nuestro pelo es así o asá... y ni para qué hablar cuando tomamos la decisión de seguir una cierta religión, de apoyar una cierta corriente política, de salir del closet, de tener una familia o no.

Una de las cosas que más admiro del pueblo colombiano es la capacidad que tiene de manifestar su inconformismo a través de la sátira. Somos un pueblo inteligente que le sacamos cuento a todo, especialmente a la realidad que día a día nos azota en un eterno discurrir entre lo trágico y lo mágico. Un pueblo que de no hacerlo, viviría en un estado constante de amargura, donde sería mucho más difícil sobrevivir.

Por otro lado, la crítica y la burla están presentes en nuestro día a día. Así somos, una sociedad que vive de la crítica, de la burla de los demás; una sociedad de víctimas y victimarios de la agresión continua y recurrente enmarcada dentro de lo que llamamos humor. Una sociedad que no ha aprendido a reírse de sí misma por la simple razón que es más fácil ver la paja en el ojo ajeno y hacer del otro el objeto de nuestras chanzas de mal gusto. Que lance la primera piedra el que no haya participado en ello. Sin embargo, no por eso nos andamos matando (aunque a veces nos den ganas de matar en un sentido figurado).

La libertad de expresión es la máxima expresión de la democracia, pero ¿cuáles son sus límites? ¿Cuál es el límite de la burla? ¿Hasta dónde podemos llegar? Lucas Caballero (Klim), Héctor Osuna, Jaime Garzón, Antonio Caballero, Julio César González (Matador), entre otros grandes exponentes de nuestro humor político, han entendido que dentro de todos los aspectos de nuestra sociedad que pueden ser tratados bajo la lupa de la ironía y el sarcasmo, existen límites. Uno de ellos es el que imponen las creencias religiosas y el otro es que el que se deben autoimponer quienes son líderes de opinión.

Un chiste sobre Mahoma puede generar el mismo repudio que los comentarios hechos por la Azcárate sobre las mujeres gordas. Nadie puede imponer límites a la libertad de expresión, es cierto; los límites están dentro de cada uno de nosotros, dentro del amor, respeto y consideración que podamos sentir por los demás.

La cosa es así: la vida es sagrada, la libertad de expresión es sagrada y la libertad de cultos también es sagrada; el punto es buscar el justo equilibrio entre las tres para no atropellar a nada ni a nadie.

Hoy muere la mayor parte del equipo francés de Charlie Hebdo y para mí hoy matan otra vez a Jaime Garzón..siento el mismo dolor, la misma impotencia, la misma repugnancia.

Como católica comparto esta frase de José Saramago: "Matar en el nombre de Dios es convertir a Dios en asesino".

@marajita


   

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