La maldición de no ser escritor. Por: @acastanedamunoz

Si hay algo peor que muera un sueño, es enterrar el cadáver de un sueño. Nada más triste que ser el sepulturero de las ilusiones propias. ¡Es toda una pesadilla! Ocurre que los sueños también forman parte de nuestros seres queridos...

Y esta es la historia autobiográfica que Andrés Castañeda Muñoz nos trae hoy. Pero al escribirla, Andrés prueba -sin quererlo- que su sueño no ha muerto, que está vivo y que es inmortal.

Tenga la amabilidad y siga a este cementerio. @dicksalazar



Palabras, párrafos, páginas, capítulos, libros. Palabras.

Palabras que huyen, que esquivan la pluma, que emigran al olvido antes de rozar mi lengua, de quedarse por un segundo en la punta de mis dedos para que las acaricie y la plasme. 

Quisiera tenerlas y amarrarlas, encadenarlas para siempre en la hoja, en el papel, en mi mente, secuestrarlas sin cobrar rescate, golpearlas hasta verlas en forma de tinta hundidas entre la fibra del papel. 


Pero las palabras son libres y vuelan y se elevan y se van al infinito, al país de las letras muertas y no regresan. Me atormentan y se burlan y me espantan como fantasmas, como sombras, como demonios, como monstruos, como ánimas, como espectros.

Y así pasan las horas, los días, las noches -¡siempre las noches!-, las semanas, con las palabras mudas y los silencios de muerte. La hoja en blanco, el cursor parpadea esperando una letra, un sonido, un murmullo, un grito...

Hace meses terminé por abandonar mi oficio de escritor habitual. Dejé de escribir artículos sobre política y sobre todo lo demás y abandoné mis fantasías y mis mundos nuevos. Todos mis personajes se asfixiaron o se suicidaron esperando un segundo, un día más de vida: abandoné mis cuentos, mis novelas, mis trilogías. Los dejé morir de hambre y sueño y los sepulté en lo oscuro del silencio y la decepción.

Nació y creció en mí el miedo absurdo a la hoja en blanco, y poco poco se me fue arrugando el alma y los dedos y la costumbre se hizo recuerdo: yo escribía, yo decía, yo hablaba y contaba y maldecía y blasfemaba. Yo escribía. Yo era. Yo soñaba con ser...

Yo soñé con ser escritor y mi único sueño parece sepultado por el implacable tiempo. Ya no tengo noches de tango, whisky y cigarrillo: ya no tengo nada que decir. Tengo miedo de hablar y de contar y de maldecir y de blasfemar.

Pero quizás me atreva a denunciar el abandono. A ella, a mi musa. A la mojigata que me dejó sin más. Antes venía y me besaba y nos revolcábamos en todos los rincones del mundo. Antes me hablaba cuando dormía, cuando caminaba, cuando tomaba café. Me decía cosas al oído con su sonrisa magnífica y yo lo dejaba todo en las hojas. Y se fue, sin decir nada, desnuda y danzando, a los brazos y las horas de un mejor amante, de un escritor que no la amara para no quedarse atada a nadie.

Esa es la maldición de no ser escritor: que las palabras no cuentan su historia y la inspiración te abandona y queda el silencio y el vacío.

Tal vez, ahora que no soy escritor, pueda ser sepulturero para exhumar el cadáver de un sueño.

@acastanedamunoz


        

1 comentario :

  1. Wow , llevo años sintiendome igual , cada vez que viene una idea es como si yo misma decidiera asesinarla , pues mi brazo y mi mano como dormimos ni se animan a intentar darle vida a esas ideas . Aveces me quedo un segundo contemplandolas en mi mente hasta que las veo morir.
    Nose que pasa pero no puedo escribir Y es muy frustrante.

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