El derecho a cambiar de idea es vital. Por: @Adosdelrio

Decepcionado por mi último resultado, pero más que todo, arrepentido del daño irreparable que había hecho, pensé en suicidarme y me dirigí al almacén de armas para comprar una con la cual poner fin a mis días. Al momento de vendérmela y llenando el papeleo de rigor, el dependiente me preguntó:

-¿Qué uso piensa darle a este revolver?

-Pienso volarme la cabeza-, respondí.


Su piel se puso del color de la cera y me preguntó, si de verdad, yo sería capaz de hacerlo.

-Sí, es una forma rápida-, contesté.

Entonces, casi en un susurro, el tipo me confesó:

-Yo también deseo matarme, pero es que odio la sangre, y manchar todo… prefiero tomarme un puñado de pastillas e irme durmiendo poco a poco, pero tengo miedo. ¿Nos podríamos acompañar en ese último trance?

Y antes de que yo contestara, otro que nos había estado escuchando, nos dijo:

-Nada como la horca; el cuello se quiebra y todo acaba en segundos. No hay sangre, ni vómitos, todo es limpio. ¿Podemos ir los tres?

-¡No, iremos los cuatro!-, anotó una mujer que se estaba haciendo la desentendida pero sin duda alguna había estado siguiendo el curso de tan particular conversación. –Quiero cortarme las venas al estilo romano, en canal, creo que ni lo sentiré.

-Yo me lanzaré desde un risco. Siempre tuve deseos de volar como los pájaros y lo haré antes de morir- exclamó un tipo pálido y extremadamente delgado que a todas luces denotaba una enfermedad terminal. –Ya somos cinco.

-Con cianuro, yo monté una planta química y estoy en la quiebra; solo se siente ahogo por unos instantes… y tengo un par de capsulas aquí, en uno de mis bolsillos-, nos dijo un gordo que estaba recostado sobre el mostrador, fingiendo que ojeaba una revista.

Decidimos entonces hablar unos minutos de los planes que teníamos y así concertar el sitio donde llevaríamos a cabo nuestra tarea final. Optamos por el mirador de la ciudad, un lugar distante y casi siempre solitario donde no tendríamos testigos incómodos.

Pero en el trayecto empecé a pensarlo mejor. Lo mío no era tan trágico como para quitarme la vida. Solo había fallado en mi último trabajo cuando me contrataron para matar a un abuelo, y por alquilar un arma barata y probablemente en mal estado, erré el disparo matando a su nietecita de siete años. Solo era cuestión de tener un arma garantizada, acostumbrarme a su peso, a su retroceso y ejercitarme un poco con blancos en movimiento. Pensaba suicidarme… nunca dije que estaba seguro de querer hacerlo.

 Pero mis compañeros sí lo estaban. Así es que me sentí feliz cuando pude complacerlos en su último deseo y de paso, practicar un poco dándole a cada uno un tiro en la espalda mientras corrían como conejos asustados. Después me devolví a mi casa con una bala en la recamara del arma. El camino es largo y solitario. Es de noche y en esta ciudad ya nadie puede caminar tranquilo. Mañana madrugaré a comprar el diario.

@Adosdelrio
Luis Armando Abril Del Río

     

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