El edificio del amor


¿Son eróticos los edificios? La arquitecta manizalita Marta Azucena Ruiz  cree que sí. "Los edificios son seres verticales, entidades que con su verticalidad penetran los cielos", me dijo esta profesional que a lo largo de su brillante carrera ha diseñado una docena de rascacielos.

"En ese orden de ideas, un edificio doblado sería el símbolo de la impotencia", me atreví a decirle. "O del cansancio", me corrigió Marta Azucena. Tiene razón esta atractiva y soltera mujer de 38 años, cuyo cuerpo parece haber sido diseñado por un arquitecto amante de los volúmenes y las curvas.  Y fue así como se me ocurrió escribir este corto cuento que lleva por título El edificio del amor.

CAPÍTULO I

Era la noche de un viernes de julio. Un hombre y una mujer conversaban a la entrada de un edificio. Él, un hombre de empresa y futuro asegurado; ella, una muchacha emprendedora, pero con un presente en dificultades.

Hablaban de la vida, sus complicaciones y sus soluciones. Él le explicó que su secreto para triunfar consistía en no dejar a medias nada. Estamos completamente de acuerdo -dijo la muchacha, mirándolo con admiración y sintiendo que la química le invadía totalmente la piel y un 73% del espíritu-.  Y mirándolo directamente a los ojos  le lanzó una confesión muy personal. "Si hay algo que no soporto es la mediocridad", le dijo.

Los minutos pasaron, cada quien contó su historia,  reflexiones iban, reflexiones venían, los consejos saltaron como conejos, las ideas fluían y las distancias disminuían. Fue así como el caballero le propuso a la dama un "negocio multinivel".

¡Interesante! -exclamó la muchacha-. ¿De qué se trata?

-Pues hacemos el amor en el primer piso, en el segundo, en el tercero...


CAPÍTULO II

A decir verdad, con el "negocio multinivel" el hombre y la muchacha no se hicieron ricos, pero sí pasaron rico. Pero solo hasta el piso número doce, porque la historia no tuvo un final feliz.


CAPÍTULO III

Ocurrió que en el piso trece, un tremendo cansancio invadió al hombre haciéndolo quedar profundamente dormido. Frustrada ante este cese unilateral del fuego de la pasión, la muchacha se salió de casillas. "Nos faltan siete pisos para llegar al último. ¡No seas mediocre!", le grito al hombre, a la vez que se acomodaba la ropa, se ponía los tacones y tomaba el ascensor camino a la calle, muerta de la ira.

@dicksalazar


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