Pamela: un milagro entre la lluvia y el barro. Por @Adosdelrio

Podía decirse que el derrumbe estaba anunciado. La temporada de lluvias era más fuerte que en otras épocas, y los viejos –los que sabían tanto, porque tanto habían visto-, comentaban que en cualquier momento, la montaña se vendría abajo. Pero la esperanza de la gente, esa que los hace pensar que aunque las cosas anden mal, nada malo va a suceder, se desvaneció esa madrugada, cuando la tierra bramó con furia y se llevó por delante el abandonado edificio, en donde una humilde familia que había llegado de la provincia hacía poco tiempo se encontraba refugiada.


Las autoridades no tardaron en llegar. Se aproximaban las elecciones y había que mostrarse. Decenas de brazos se dieron a la tarea de tratar de rescatar con vida a la pobre gente atrapada, pero fue inútil. Después de horas de enorme esfuerzo, una niña herida que gritaba del dolor por su brazo destrozado y tres cadáveres, los de una joven pareja y el de una anciana, fue lo que encontraron.

De pronto, la niñita, desde la camilla donde la estaban atendiendo, trato de incorporarse mientras lanzaba un grito:

-¡Pamela estaba conmigo en la cocinita, sáquenla de ahí!-, y perdió el sentido.

Todos sintieron que la carne se les ponía de gallina, temblaron al pensar que todavía pudiera haber una persona por rescatar. El alcalde corrió hacia los escombros, se olvido de los votos –quién dice que los políticos no tienen corazón- y como un perro desesperado, removió, escarbó y olfateó, tratando de encontrar a alguien.

En un santiamén, las fuerzas les volvieron a todos los presentes, que se lanzaron a imitar el titánico ejemplo. Hora tras hora el pueblo entero se olvido del descanso, de las manos desolladas, del barro pegado hasta en los ojos. Pero nada; las toneladas de escombros impedían penetrar hacia donde se pensaba, estaba la cocina. En esos lugares no había maquinaria pesada que pudiera remover tanta tierra. Era solo cuestión de tiempo para que nadie quedara con vida. Y la gente lo sabía.

Mientras, en la sala de cirugía, el médico tuvo que amputar. La chiquilla, al despertar de la anestesia preguntó en medio de lágrimas:

-¿Ya la sacaron, ya la sacaron?

Nadie respondió, nadie pudo hacerlo; y menos, sabiendo que las labores de rescate ya habían sido suspendidas por todos. Por todos, menos por el alcalde. Él se quedó en el sitio de la tragedia, despidió a sus escoltas, a su esposa, a sus hijos. Ya no le importaban las elecciones, solo quería que la pobre niña supiera algo de ese ser por quien tanto preguntaba.

Pasó otro día y otra noche y al fin, el burgomaestre se dio por vencido, pues lo único que pudo hallar fue una sucia y desteñida muñeca a la que le faltaba un brazo. Se deshizo en llanto mientras intentaba buscar palabras para explicarle a la pobre niña que no había encontrado a su amiga Pamela. Le parecieron infinitamente largas las cuatro cuadras que lo separaban del hospital, a donde llegó cuando el sol ya levantaba.

Los angustiados médicos vieron, con el corazón en la mano, cómo la primera autoridad del municipio entraba al cuarto de cuidados intensivos llevando la muñeca rota, y las lágrimas se asomaron a muchos ojos, cuando él, con voz temblorosa y como pidiendo perdón, le dijo a la niña:

-¡Esto… esto… preciosa, es lo único que pude encontrar!

Entonces, el grito de la pequeña retumbó por todos los rincones de pueblo:

¡Pamelaaaaa… yo también perdí un brazo…pero estamos vivas!


@adosdelrio

Pamela: las muñecas que toman agüepanela nunca mueren.


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