Escéptico con la 'fiesta' de la paz está @MiremosaVer


Bueno. Los negociadores del gobierno Santos y las Farc llegaron al tal vez más esperado y mediático de los acuerdos que se han celebrado hasta ahora en La Habana, desde que se iniciaron los diálogos de paz: el relativo a la justicia transicional. Y la fiesta nacional y el júbilo desbordado se han hecho sentir.

A pesar de las inocultables celebraciones y los gritos de júbilo del tipo “¡Llegó la paz!”, yo prefiero permanecer, dar un margen de espera, en el lado de los escépticos. Y lo hago, no porque no quiera que termine la narcoguerra fratricida que ha desangrado el campo y la economía colombianos durante más de medio siglo, ni porque no crea en el proceso de paz como tal o en sus beneficios o en su necesidad. No. No es por eso. 

¡Quiero que termine la narcoguerra y quiero que las negociaciones de Cuba la terminen por fin! Pero sigo en el lado de los escépticos simple y sencillamente porque no creo en las Farc, ni en su “voluntad de paz”, ni en que van a dejar de narcotraficar para hacer política sin armas o buscar empleos honestos con un sueldo fijo.


Y a pesar de que lo he dicho en incontables ocasiones, espero que caigan sobre mí y sobre el nombre de mi madre, toda suerte de denuestos, insultos y hasta las infaltables amenazas. Pero no de uribistas, que nunca me los han negado por decir siempre lo que pienso del mesías de El Ubérrimo, sino de algunas personas que tal vez me siguen en Twitter o comparten mis puntos de vista ahí sobre la realidad nacional. Y lo digo porque lo siento venir.

En alguna ocasión dije que no creía en los resultados de La Habana, y me dijeron “uribista”, el peor insulto que me han dirigido en toda mi vida. Pero como soy como soy, debo insistir: no le creo a las Farc. Y no les creo por lo siguiente:

UnoLas Farc son consideradas en la actualidad como el mayor cartel narcotraficante del mundo. Con unos ingresos anuales por narcotráfico de más de US$2000 millones, ¡no me imagino ni a los comandantes guerrilleros, ni a los mandos medios, ni a la tropa, desmovilizándose, dejando las armas, y viniendo a las ciudades, a buscar empleos con un sueldo fijo, o a montar negocios informales de venta de minutos o de arepas, o las guerrilleras a trabajar de secretarias o empleadas domésticas o, porque de seguro así sería, de prostitutas o de prepagos! No los veo en esas.

Una cosa son los comandantes y los miembros del secretariado, acostumbrados a la buena vida, el whisky, las guerrilleras esclavas sexuales y los millones del narcotráfico, y otra muy diferente son los guerrilleros de base que le ponen el pecho a las balas del Ejército, la Policía y las bandas paramilitares. 

Los primeros, por obvias razones, no van a renunciar a ese vidononón; y los segundos saben que en la vida civil les puede pasar lo mismo que ya les pasó a los miembros de la Unión Patriótica, que fueron sistemática y disciplinadamente exterminados por una unión sicarial formada entre miembros de la fuerza pública y los emergentes grupos paramilitares de la época.


Dos. Los comandantes de los frentes y los miembros del secretariado son quienes están en La Habana negociando su inserción a la arena política y son quienes aspiran a formar un partido político y participar del proceso democrático. Y ellos saben que la política les puede dar para robar y vivir muy bien (como roban y viven los políticos corruptos de nuestra muy imperfecta democracia electorera colombiana); pero también saben que el narcotráfico les ha dado y les seguirá dando para vivir muchísimo mejor.

TresLos guerrilleros de base, la tropa, están acostumbrados, sea que hayan sido reclutados siendo menores de edad, o se hayan vinculado a las filas por decisión propia, a disparar, a secuestrar, a boletear. En resumidas cuentas: no saben hacer otra cosa que delinquir. Y ya vimos todos (bueno, menos los uribistas), que los paramilitares desmovilizados con Justicia y Paz, llegaron a las ciudades a delinquir y formaron bacrims en el campo.


Cuatro. Por último, no les creo a las Farc porque ya le mamaron gallo una vez al país cuando le mamaron gallo al presidente Pastrana en El Caguán, y no me cabe duda de que, si quieren, tienen toda la plata del mundo para mamarle gallo por segunda vez al país y por primera y única vez al presidente Santos.
He dicho en Twitter que para mí una cosa es la paz y otra muy diferente el fin de la narcoguerra rural que vive el país desde hace décadas. El anuncio frente a las cámaras y los micrófonos del mundo de la firma de un acuerdo sobre la forma de justicia que se les va a aplicar a los integrantes de las Farc, no implica necesariamente que en el plazo de seis meses acordado para la dejación de las armas, la desmovilización de los frentes y la reinserción o … se va a terminar la guerra de decenios.


Una cosa sí me llama la atención, y me sonrojo al reconocerlo: algo de razón tienen el senador Álvaro Uribe y sus adláteres, cuando se fueron lanza en ristre contra el anuncio del acuerdo (obviamente, porque lo único que les interesa es joder, torpedear, boicotear todo lo que hace o deja de hacer Santos para lograr la paz, y porque tienen una evidente carencia de autoridad moral para criticar a nadie), porque en el comunicado de información del acuerdo quedaron muchos vacíos, como los relativos a los crímenes de lesa humanidad, la reparación de las víctimas, el compromiso de no repetición o las penas que habrían de pagar los desmovilizados. Sólo el tiempo dirá si el belicoso e intemperante senador tenía razón o no.

Adenda: Que la “fiesta de la paz” celebrada en Cuba no nos haga olvidar de la tragedia madurista que están viviendo los deportados colombianos en la frontera con Venezuela.

@MiremosaVer 



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