Un preocupante péndulo. Por: @MargaritaVela

Una idea me ha estado dando vueltas en la cabeza; más que una idea, es una sensación que se hizo más fuerte en los últimos días, cuando el país - y especialmente mi querida Bogotá- osciló nuevamente hacia la "derecha". Me preocupa ese movimiento pendular. Y no es que yo sea de "izquierda".

Pertenezco a la generación que, tras el fin del Frente Nacional conoció a una sociedad que empezaba tímidamente a abrir otros espacios; a la generación que vio mutar "los partidos" en una amalgama sin ideologías definidas.

Pertenezco a la generación que siendo niña vio el terror de la guerra en plena ciudad; que vio con los ojos desorbitados cómo un tanque cascabel disparaba mientras se quemaba el Palacio de Justicia con una de las generaciones más brillante de magistrados que ha tenido este país; fui de las que, con sus compañeras de colegio, pintó palomas blancas por las calles y tiempo después recibió al papa con la esperanza de que procurara el milagro de la paz.

Durante mi vida he visto muchos diálogos "de paz" que han sido saboteados tanto por las fuerzas del Estado como por los grupos insurgentes. Viví mi adolescencia viendo desmovilizarse a una guerrilla que, pese a las atrocidades que cometió, conservaba la sensatez y quizás el idealismo de creer que podría contribuir a la construcción de un nuevo país.

Soy de la generación que sin entender del todo, escuchó a Luis Carlos Galán hablar de hacer política de una forma diferente y fundar un nuevo partido; de la generación que sufrió el terror de las bombas de Pablo Escobar que estallaban en cualquier momento, en cualquier lugar de Bogotá y destruían familias sin razón alguna; viví lo que se siente estar en medio de una explosión cuando simplemente quería comprar un regalo para el día de la madre.

Soy de la generación que tiene algún familiar a quién la guerrilla extorsionó, secuestró o asesinó. He visto morir miles y miles de soldados en medio de una guerra absurda. Y vi cómo eran asesinados muchos hombres y mujeres que decidieron cambiar el rumbo y apostarle a la paz; acribillados por una derecha con sed de venganza, que contaba con el silencio cómplice de una sociedad que todavía no los había perdonado.

Deseé con todas mis fuerzas ser mayor de edad y poder votar, cuando vi que muchos jóvenes llenos de entusiasmo y esperanza promovían una papeleta que se sumaría en las elecciones y que no dejaría morir el sueño de la paz, y vi cómo ese sueño tan anhelado parecía desvanecerse.

Soy de la generación que pudo votar por Mockus y verlo salir elegido dos veces; de la generación que ya con pleno uso de razón pudo enterarse de las masacres cometidas por los paramilitares y de la indolencia del Estado y sus FFMM que hicieron muy poco por ponerles freno.

Tuve la fortuna de entablar una amistad con Jaime Garzón, de construir un pensamiento crítico y comprometido; me convencí de la importancia de ser responsable antes que obediente (como le enseñé a mis hijos, apoyada por el colegio que fundó uno de los magistrados inmolados en el Palacio de Justicia), de no comer cuento, de informarme, leer, investigar, cuestionar; me convencí de que a pesar de todo, el ser humano es capaz de ser generoso, amable, solidario. Todavía me duele el asesinato de Jaime y que la justicia -tan poco eficiente en nuestro país- aún no haya podido aclarar lo sucedido (aunque sus seres cercanos siempre lo hemos sabido).


Soy una de aquellos a quienes todavía les duele lo sucedido en el Palacio de Justicia y 30 años después todavía guarda la esperanza de que las familias de las víctimas puedan saber qué pasó y puedan enterrar los restos de sus seres queridos.
Fui una de quienes enarboló de nuevo la esperanza y vibró con esa  Ola Verde que se disolvió demasiado rápido.

No puedo sentirme identificada con una izquierda que ha demostrado una gran incapacidad de gobernar y de concretar sus ideales, con esa izquierda de discurso trasnochado; pero en ese anhelo de equilibrio, aplaudí que en estos últimos 12 años la capital le hiciera contrapeso a un gobierno central que utilizaba las peores estrategias de la extrema derecha sin importar cuántos civiles cayeran en medio.

De la derecha me aterra su idea de controlar con violencia, de imponer la ley del más fuerte, de favorecer a los poderosos, de estigmatizar cualquier iniciativa social o la simple reivindicación de derechos.

No voté por Petro, tampoco creo que lo haga en un futuro, pero los avances sociales que ha tenido nuestra ciudad y que se consolidaron en su gobierno, no pueden desconocerse. En estos 12 años Bogotá avanzó hacia ser una ciudad incluyente, respetuosa de la diversidad; inició su política de bienestar animal y tuvo grandes avances que no puedo desconocer ni subvalorar; tampoco puedo desconocer que se estancó en otros campos y que se necesita un gran trabajo para seguir avanzando en otros frentes.

Me preocupa que, bien sea por un real hastío hacia la izquierda, por los patéticos ejemplos que tenemos en el vecindario, o porque la hábil derecha -dueña de los medios y del poder económico- supo agrandar las fallas e invisibilizar los logros de la izquierda, el país ha fluctuado hacia la derecha sin dejar casi contrapeso o una oposición bien consolidada que pueda frenar sus desmanes;

Me preocupa el daño que "las versiones oficiales" le han hecho al país, impidiendo que la verdad se conozca y puedan empezar a sanar tantas heridas; me preocupa que la gente no cuestione, no se informe, no quiera enterarse de que la verdad tiene muchos matices.

Me aterra ver comentarios, ya sin pena ni en voz baja, pidiendo "limpieza social", pena de muerte, anulación de subsidios, "que saquen a todos esos ñeros con que la izquierda tenía llena a Bogotá", "que obliguen a los homosexuales a esconderse", "que encarcelen a las mujeres que se atrevan a abortar"; me aterra, me duele y me indigna la violencia esos comentarios. Prefiero pensar que somos capaces de transitar por el medio, de ser responsables, respetuosos, de dar la mano a los menos favorecidos; de no tirarles migajas, sino de darles una mano firme que les permita levantarse.

Sueño con que, como sociedad, podamos ponernos en el lugar del otro, de quienes han sufrido desde otra orilla y podamos generar un clima de solidaridad que nos abrace a todos, permitiendo que el dolor empiece a sanar.

No quiero que tanto dolor y resentimiento, acumulado de lado y lado durante tantos años, haga naufragar nuevamente el intento de construir una sociedad no violenta en donde todos quepamos y tramitemos los conflictos y disensos de manera positiva; una sociedad capaz de construir una paz duradera.

@MargaritaVela

   

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