Las cárceles no deben ser cloacas. Por: @HectorfrancoJ

El sistema penal carcelario, en este país, es infame, humillante, hacinado; resulta doloroso constatar cuando se visita una institución carcelaria el estado de cosas.

A pesar de los esfuerzos de la autoridad carcelaria, el número de detenidos y condenados es tal que resulta físicamente imposible atenderlos de manera adecuada.

Ello nos lleva a preguntarnos sobre la necesidad de la prisión como forma de vindicta o retribución, pues está demostrado ampliamente que los fines de resocialización y prevención general y especial son un saludo a la bandera.

 Casos excepcionales son, por ejemplo, los responsables de delitos sexuales contra niños, esto es  pederastas y pedófilos, que según la ciencia son irrecuperables. Pero otros casos deberían tener un tratamiento diferente más orientado a buscar su adecuación a la sociedad dominante.

Tal es el caso de los responsables de pequeños hurtos, casi siempre famélicos, que deberían tener educación para el trabajo y tal vez aún en valores ciudadanos.

O, por ejemplo, aquellos que provocan lesiones leves en riñas quienes pueden haber incurrido en ello por un momento de exaltación y que pueden ser reeducados en control de la ira y en resolución de conflictos por la vía del diálogo.

Habrá casos límites, en los cuales la sociedad exija una penalidad grande, pero se debe tener conciencia que ello  no reducirá el delito, sólo satisfará el deseo de venganza social.

Los delitos relacionados con la droga, donde casi siempre es un vendedor-consumidor quien los perpetra, pueden ser obligados a ingresar a un centro de rehabilitación donde se les recupere la salud y se les capacite en formas de administrar el tiempo libre y si lo requieren de formación laboral.

Son muchas y muy variadas posiciones, pero igual, son posibles, aunque requieran una mayor inversión del Estado.

Y qué decir de los responsables de delitos políticos, en una sociedad como la nuestra, en la cual un conflicto degradado y bestial ha hecho de las suyas.

Ante su compromiso de paz, por qué no dejarlos en granjas o zonas vigiladas sea por organismos nacionales o internacionales donde puedan adelantar actividades productivas, a pesar de haber cometido delitos de guerra y de lesa humanidad, con la garantía de no repetición. Aún permitir que aquellos que no tienen delitos de esa magnitud se reintegren a la sociedad y puedan ejercer una actividad proselitista dentro de las reglas de la democracia.

La verdad es que no son muy diferentes a aquellos que so pretexto de erradicarlos han incurrido en masacres, secuestros, homicidios selectivos y mucho más. O aquellos que han hecho de la corrupción un estilo de vida, defraudando la confianza que los colombianos han depositado en ellos en las urnas.

Y si además, procuran indemnizar tanto los daños cometidos como a las víctimas, pero con aportes reales y no simbólicos, podría pensarse que en verdad se encontrará, al menos con dicho grupo, una estabilidad real, un alejamiento del miedo, en suma, una paz que impactará la democracia.

La prisión, hay que decirlo, es vindicta, retaliación, castigo para calmar a una sociedad entumecida por el miedo y la angustia. Pero, como se dijo arriba, con contadas excepciones es más un mal mayor que una fuente de justicia.


2 comentarios :

  1. La combinación de una justicia altamente contaminada por la corrupción en la que la ley es para los de ruana con un sistema carcelario como el que describe el columnista convierte nuestras cárceles en verdaderas escuelas del crimen en las cuales lo que se consigue es incrementar el resentimiento de los convictos que por una u otra razón se han sentido excluidos de una sociedad desequilibrada. Lo que menos cumple nuestro sistema penitenciario es lo que debería ser su misión primordial: la rehabilitación. Muy buena columna Abogado Franco. Muchas gracias.

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