Mortal equivocación. Cuento corto de @Adosdelrio

A su regreso de la incursión por un paraje selvático en el oriente de Zimbabwe, Jhon Pérez, un colombiano residenciado en Estados Unidos desde 1996, se dispuso a limpiar su arma. Se acomodó en el piso de la cabaña que alquilaba siempre que iba de caza, descargó su rifle semiautomático Browning Bar, y se dio a la aceitosa tarea.

Un camastro semidoble y una mesa rústica con dos sillas no muy cómodas, constituía todo el mobiliario de la cabaña, un rancho con techo de paja, paredes de barro y carente de servicios básicos. ¡Ni nevera tenía!

Tres viejas fotos de leones (recortadas de una revista de National Geographic), un cuadro con la bandera de Zimbabwe y un espejo de mediano tamaño, conformaba la decoración del sencillo rancho. ¡Ni un cuadro del Sagrado Corazón poseía!


Eran las 5:49 de la tarde de un martes de julio de 2008. Como era costumbre a esas horas, la pequeña y única ventana del rancho no dejaba pasar generosamente la moribunda luz del día. De no ser por aquel viejo espejo, que reflejaba la luz con dadivosidad, la cabaña estaría completamente a oscuras. "Una cerveza helada y los espejos, son los mejores inventos del mundo", pensó Jhon Pérez, mientras untaba un trapo con solvente para limpiar la parte externa de su rifle.


Pérez estaba concentrado en lo que hacía cuando escuchó un ruido, y de pronto...
¡la vio frente a él!

Aquellos pequeños ojos negros se clavaron en los suyos, aquellas mandíbulas abiertas le indicaron la proximidad del ataque, y no pudo evitar que un escalofrío le recorriera la espalda al reconocerla. 

Era una mamba negra. La "muerte negra", recordó que la llamaban en África, por el color interior de su boca. Una serpiente muy venenosa, la más rápida del mundo -capaz de moverse de 16 a 20 kilómetros por hora cuando va de paseo- , y para muchos, la más agresiva del planeta.




Pérez sabía que tenía que moverse con cautela porque de lo contrario desencadenaría la vertiginosa agresión de la serpiente; su mordedura inyecta cerca de 100 mg de veneno dendrotoxina. Bastan entre 10 y 15 mg para matar a un hombre adulto.

Lentamente Jhon Pérez deslizó uno de sus brazos tratando de encontrar la munición. Sintió morirse cuando, por más que palpaba y palpaba, no podía encontrar un cartucho."La peor clase de balas perdidas son esas que uno no encuentra cuando más las necesita", pensó el curtido cazador.

 Al fin dio con el cartucho, y sin dejar de mirar al ofidio, empezó a introducirlo suavemente en la recamara del arma mientras las fracciones de segundo se le antojaban siglos. 

Su mano se deslizó lentamente hasta llegar al gatillo, al mismo tiempo que empezó a levantar la “Browning” hacia la mamba. 

Sintió que el aire volvía a sus pulmones, pues a esa distancia y con esa clase de arma, era imposible errar el tiro. 

La serpiente, como advertida, empezó a mover la cabeza de un lado al otro. El dedo del cazador se curvó... y apretó para atrás. El disparo retumbó, el espejo estalló en mil pedazos…




... y la mamba clavó los colmillos en la nuca del cazador.

Y fue así como el colombiano Jhon Pérez, curtido cazador cazado, admirador de la cerveza fría y de los espejos y sus reflejos, pasó a mejor vida. Ahora caza ángeles en el Cielo en un rancho sin espejos.


Cuatro calaveras de antílopes africanos posan delante del
colombiano Jhon Pérez.  Esta fue la última fotografía que se tomó  
el cazador  (y la primera y última que se tomaron los cuatro bóvidos).


Armando Abril
@adosdelrio

      




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