Buscar la verdad con un cuchillo de carnicería

Cuando era niño me inculcaron que había que decir la verdad, costara lo que costara. Como yo no tenía mucho dinero... tan solo aprendí a decir verdades baratas. "Algo es algo, peor es nada", me decía a mí mismo como consuelo. Luego miraba el firmamento con mis ojos azules y, lleno de fe y esperanza, pensaba: "Cuando sea grande y me vuelva rico, podré decir todas las verdades caras que me dé la gana".


 Y me jodí. Me jodí porque pasó el tiempo, crecí, me volví grande, (aunque no mucho.. porque estoy lejos de alcanzar los uno setenta de estatura), y lo peor: mis ojos azules se volvieron de color café ordinario (por no decir café popó); plata no es que haya conseguido mucha, más bien poca. Tanto así que a la fecha no conozco personalmente un billete de $100.000. En síntesis, para no alargar esta triste historia: el Cielo me hizo pistola. Y fue así como quedé impedido para que de mi cara y mi boca nacieran caras verdades.

Así entonces, ya que decir toda clase de verdades no puedo, ni he podido ni nunca podré, solo me queda un camino: buscar la verdad de las cosas, un asunto totalmente distinto, realmente económico y al alcance de todo el mundo. No se necesita una pistola, basta un cuchillo...

Ayer hizo una maravillosa mañana en Bogotá,  todo un fenomenal regalo de El Niño. El sol brillaba. En el cielo no se paseaba nube alguna, reinaba absolutamente el azul: las condiciones meteorológicas perfectas para salir en búsqueda de la verdad. Como se sabe, es más barato encontrar la verdad a plena luz del día que en la noche: como dice el presidente Santos, "el ahorro de energía es del 73%".




Decidí levantarme. Era hora de empezar a cumplir con mi misión histórica: ¡buscar la ruta de la verdad! Perdón, ¡buscar la puta verdad!

Tomé en mis manos el viejo cuchillo de carnicería que guardo en el último cajón del desvencijado
mueble de la cocina de mi destartalado apartamento, me puse mi gabardina de color café desteñido 
-que combina perfectamente con mis ojos-, metí el cuchillo entre uno de los bolsillos (en el que no está roto, para ser más exactos), me puse mis botas pantaneras (en Bogotá uno nunca sabe; la ciudad -al igual que el presidente-, te puede traicionar) y salí a la calle en dirección a la estación de Transmilenio del Quiroga.

Mi plan era muy sencillo. Desde tiempo atrás le había hecho inteligencia a un reconocido columnista. Había ubicado su respectivo hábitat, sabía dónde y a qué horas encontrarlo. Solo sería necesario ponerle mi cuchillo en la garganta para obligarlo a decir la verdad...

Mi objetivo militar:  el filósofo cucuteño, escritor y periodista Arturo Guerrero, columnista de El Espectador y El Colombiano. El hombre vive en Bogotá. Sé dónde trabaja y conozco el parqueadero en el que habitualmente deja su carro. Está a dos cuadras de su oficina.

Arturo Guerrero es @ArtGuerreroR
En el Transmilenio procuré no rozar a ninguna mujer con el bulto de mi cuchillo. No estoy para flirteos. Cuando trabajo no me gusta coquetear. El viaje fue largo. Más largo que mi cuchillo. Caminar hasta el edificio donde Guerrero trabaja fue fácil; lo difícil fue no perder la paciencia durante el tiempo que tuve que esperar a que llegara. Mi alma no almacena paciencia.

Finalmente el man llegó. Lo esperé a la salida del parqueadero. El escenario perfecto: no transita mucha gente por esa cuadra. Ni un solo sapo. La víctima daba papaya: caminaba distraído por el andén. Al victimario le brillaron los ojos, mejor dicho, a mí se me iluminaron los ojos color mierda. La adrenalina me corría por las venas sin hacerle la venia a nadie, totalmente irrespetuosa, salvaje. Entonces mi audacia y mi velocidad de curtido malandro salieron a flote de un solo golpe: ¡En un segundo me le atravesé a Guerrero!

-¿Cuál es relación entre el proceso de paz y el mal gobierno?  -le pregunté con voz fuerte y fría a  Arturo Guerrero, empuñando mi cuchillo de carnicería en la mano derecha.

Mi fría voz lo dejó helado. Con el calor que hacía, en el fondo le estaba haciendo un favor (pero esas son vainas que lamentablemente a uno nadie le reconoce). Pasado unos segundos, con voz nerviosa Guerrero me contestó:

"Hay delicados vasos comunicantes entre el mal gobierno y las negociaciones de paz. Los cuatro costados del barco nacional hacen agua, mientras en La Habana se fragua la más trascendental decisión política del último medio siglo.

Lo terrible es que el barco se puede hundir, y con él se iría a pique la paz nunca antes vista por los colombianos vivos. He aquí los vasos comunicantes: lo que sucede en el primero, corrupción, Isagén, Reficar, comunidad del anillo, inseguridad callejera, más desempleo, carestía, inmovilidad urbana, todo este drama contagia de desespero al segundo vaso, el de la paz".

-Gracias, señor columnista -le dije, guardando mi cuchillo de carnicería-. He encontrado en sus palabras la verdad. ¡Y tranquilícese que el cuchillo no es de verdad!


@dicksalazar





LINKIPEDIA
Confusión entre paz y precio de los bananos. Arturo Guerrero. El Espectador.

No al plebiscito. María Jimena Duzán. Semana




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