Complejo de inseguridad. Por: @Adosdelrio

En la empresa donde trabajaba tenía fama de paranoico y sus compañeros se lo decían cada vez que tenían la oportunidad; pero según él, no era para menos con lo que se veía a diario por todas partes.

Robos, atracos, raponazos y cualquier forma de quitarles a los demás sus pertenencias, eran el pan cotidiano en esa gran ciudad a la que había llegado ya hacia bastante tiempo, pero a la que no se podía acostumbrar todavía.

¡Cómo añoraba la seguridad del pequeño pueblo donde había nacido y del que había partido esperanzado, deseoso de buscar un futuro que, la verdad, a veces veía muy incierto!
Ahora estaba allí, a las diez de la noche, plantado en la estación, esperando el transporte que lo llevaría al otro extremo de la ciudad en donde vivía. En los últimos meses había tenido que laborar más que de costumbre para hacer crecer un poco el escaso salario que recibía como operario. No tenía otra opción: las deudas lo tenían hasta el pescuezo.

Estaba más nervioso que nunca, pues era día de quincena y los amigos de lo ajeno debían estar por todas partes. Así se lo recordaba el tipo lleno de tatuajes que desde hacía rato lo observaba de pies a cabeza, como buscándole un pequeño bulto que delatara donde estaban los billetes. 

-Tendrá que ponerme patas arribas y esculcarme hasta las medias -mascullaba Ramón, mientras aparentaba una calma que a cada instante se diluía; estaba pensando en abandonar la estación, cuando a lo lejos apareció el inmenso bus que a esa hora debería venir totalmente lleno, pues era el último de la noche. 

Subió como pudo, tratando de no incomodar a nadie, pero al mismo tiempo, poniendo todos sus sentidos alerta para detectar el más mínimo roce que le indicara, que alguien pretendía quitarle lo que tanto le había costado. 

Sentía empujones por todos lados, sus pies apenas tocaban el piso del vehículo. De pronto quedó casi sin respiración, apretado contra la carrocería y al mismo tiempo ahogado por el tremendo olor a suciedad que despedía un tipo inmenso que le respiraba en la nuca… ¡el tipo de los tatuajes! 

Un miedo terrible lo invadió. Tal vez lo estaba siguiendo desde que salió de la fábrica, tal vez sabía que llevaba unos buenos pesos, tal vez lo iba a robar.

Su instinto de conservación le decía que se apeara en la siguiente estación... ¿pero, qué haría a esa hora? ¿y si el tipo se bajaba detrás de él?

Hizo de tripas –y de olfato- corazón, cerró los ojos, se concentró en cualquier movimiento que no fuera el vaivén producido por el asfalto y rogó con todas sus fuerzas que el conductor volara por la autopista. Así estuvo un buen rato hasta que una voz metálica lo sacó de su letargo: 

-Próxima parada, Tierra Nueva. 

Había llegado a su barrio. Se deslizó del automotor como pudo, puso sus pies en la acera y empezó a caminar de prisa, pues más de diez cuadras lo separaban de su casa y todas estaban casi a oscuras. 

Maldijo para sus adentros a los vagos del barrio que se divertían quebrando las bombillas del alumbrado público, apretó el paso y de pronto, sintió un ruido a sus espaldas. Volvió la cara… y alcanzo a distinguir al tipo de los tatuajes.  

Sintió que se moría. Pensó en correr, pero el miedo no lo dejaba. Empezó a sudar y a encomendarse a todos los santos. Miro una vez más, ¡el tipo ya casi le pisaba los talones! Imprimió más celeridad a sus piernas, solo le quedaba una cuadra, media cuadra, veinte metros, diez, cinco...

Buscó las llaves, las extrajo del bolsillo pero en la oscuridad todas le parecieron iguales; probó una, probó la otra, probó la tercera y empezó a abrir cuando una pestilencia conocida lo obligó a volver el rostro y una voz de caverna lo hizo saltar: 

-Ya no conoce, ¿cierto vecino?, casi no llegamos. Hasta mañana. 

El aire le volvió a sus pulmones, respiró con alivio, se secó el sudor de la frente y entró a su casa. Había llegado sano y salvo. Asustado, aterrorizado, despavorido, pero... ¡absolutamente sano y salvo!

@Adosdelrio




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