De porqué amo a las flores, mis hermanas.

Amo la naturaleza, a pesar de que la naturaleza no tenga el mismo sentimiento hacia mí. En particular, me apasiona la flora. Ahora que ando en busca de mis propias raíces y en la tarea de conocerme a mí mismo, me puse a tratar de recordar cuándo fue que empezó en mí ese gran sentimiento de amor que tengo por las flores. 

Tras largas horas de explorar entre mis más lejanos recuerdos, pude traer a mi mente el momento en que siendo niño juré amar eternamente a las plantas. 

Tendría yo siete o nueve años. O tal vez, once o doce... Ya no recuerdo. En todo caso, eran tiempos en que yo ya no quería ser cuando fuera grande ni policía ni bombero ni tampoco detective, o al menos, no un simple y ordinario detective. Eran momentos en que deseaba ardientemente ser un científico, es decir, un detective elegante y de alto nivel. Encontrar la causa y el porqué de las cosas era mi obsesión.

Una tarde noté que las flores que mi mamá ponía en los jarrones de nuestra casa se marchitaban más rápido que las flores de los jarrones de la casa de una vecina, una niña de ojos azules que me fascinaba. 

Averiguar la razón por la cual ocurría este extraño (e injusto) fenómeno fue la primera tarea que la ciencia me encomendó. Pero no la única: la ciencia también tuvo a bien asignarme la resolución de otro gran enigma que, debo confesar con gran vergüenza, aún no he resuelto por pura irresponsabilidad. El enigma era este: Las flores que se marchitan... ¿para dónde se marchan? ¿Van al cielo o al infierno?

"¿A qué se debe la mayor velocidad del marchitamiento de las flores de my house?"-me pregunté una tarde, cuando salía de clase de inglés.

Una hipótesis (en puro español) se me vino a mi mente infantil:

"Las flores de los floreros de mi casa se marchitan más rápido porque yo -a diferencia de mi linda vecinita- no voy a misa todos los domingos. Es un castigo de Dios".

Durante varias semana creí que había una relación directa entre mi mal comportamiento y el ritmo de secamiento de las  flores de mi casa. La culpa y el remordimiento me carcomían, el sufrimiento era terrible.

Por fortuna para mi conciencia, mi hipótesis se vino al piso cuando mi vecinita empezó a escaparse de misa los domingos... para encontrarse conmigo en el parque contiguo a la iglesia. ¡Gloria a Dios! Y Gloria conmigo en el parque, porque así se llamaba la niña de los ojos azules.

A pesar de que mi novia "capaba" misa para iniciarse en el pecado conmigo, las flores de los jarrones de su casa continuaban marchitándose más lentamente que las mías. Así que Dios no tenía nada que ver en este asunto. Si algo tuviera que ver, la habría castigado también a ella, haciendo que sus flores se murieran a igual o mayor velocidad que las mías. ¡Sería lo justo!


Entonces se me ocurrió otra hipótesis:

"Las flores de los jarrones de mi casa se marchitan muy rápido porque se quedan sin agua demasiado pronto". La idea me pareció muy lógica y científica. "Por alguna buena razón, marchitarse es sinónimo de secarse. Y secarse significa quedarse sin agua", recuerdo que pensé.

Pero a las dos horas cambié dramáticamente de idea: mi segunda hipótesis ya no me pareció suficientemente lógica ni suficientemente científica. Así que no había más remedio: tenía que buscar en otro lado.

Y en otro lado efectivamente encontré la hipótesis perfecta. La hallé en mi hemisferio cerebral derecho:

"Si los niños, para volverse grandes y fuertes, tienen que tomarse todo el jugo y toda la leche que le sirven las mamás en los vasos, pues también las flores, para que puedan durar mucho, deben tomarse toda el agua que las mamás les ponen en los floreros. El agua es la leche y el jugo de las plantas. Mi mamá me cuida y cuida también las flores. Si las flores y yo tenemos la misma mamá, es necesario concluir que las flores y yo somos hermanos. Por tanto, debo amarlas por siempre."

Fue entonces cuando prometí nunca más volverme a tomar el agua de los jarrones para que las flores de mi casa no se marchitaran tan rápido.

¡Y funciónó!

 @dicksalazar


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