LOS DOMINGOS TAMBIÉN ASESINAN



Entre El Periódicko y RCN tenemos una pelea casada a muerte. Competimos por ver quién tergiversa más y con mejor estilo las cosas. Ambos creemos que la realidad política del país es una plastilina que uno puede moldear como le dé la gana.

En honor a la verdad, hay que decir que el adversario nos va ganando: tiene más imaginación que nosotros. En eso, la Gurisatti es medalla de oro. Pero todavía no nos damos por vencidos. Tenemos un as bajo la manga: desde ayer, El Periódicko.com también cuenta con un Patrullero de la Noche. Pero funciona con nuestro propio estilo...

La Patrulla Nocturna de El Periódicko no tiene moto. Patrulla a pie. Por supuesto, no es asunto de que carezcamos de los recursos suficientes para comprar una motocicleta. Es asunto de profunda filosofía: nuestros principios ecológicos nos impide utilizar vehículos motorizados. En un futuro no muy lejano, dotaremos a la Patrulla de una bicicleta. Ya estamos organizando la correspondiente rifa para recoger fondos.

Amigos lectores: El Periódicko.com tiene el gusto de presentarles directamente en las pantallas de sus computadores (o en las de sus celulares), nuestro primer reporte de la vida nocturna bogotana, un informe hecho con frío, sudor y mucho temple, que esperamos disfruten, o al menos, soporten. Mil gracias.



Mi primer reporte como patrullero de la noche 

Domingo 14 de agosto de 2016

5:00 pm. Es mi primer día de patrullaje. En una hora empieza mi turno. No sé qué diablos hacer. ¿En qué punto de la ciudad debo buscar las noticias nocturnas? ¿Qué lugar de la ciudad me garantiza el mayor número de noticias por metro cuadrado? ¿En qué coordenadas de la urbe puede enterarse uno de los hechos más escabrosos, truculentos, retorcidos, obscenos, sucios o picantes? Ni don Google lo sabe.

5:20 pm. ¡Eureka! Ya sé donde. Lo tengo claro. Pero no se lo diré a nadie. RCN se puede copiar.


8:30 pm. Desde las 6 en punto de la tarde me encuentro  en un Comando de Acción Inmediata, CAI. Así es como se denomina en Colombia a las unidades policiales de menor jerarquía, ubicadas en los perímetros urbanos de los municipios, localidades o comunas. Concretamente estoy en el CAI del barrio Guacamayas de Bogotá, carrera 2A #38-20 Sur, adscrito a la Estación de Policía San Cristobal. Tarde que temprano, alguna vaina interesante tendrá que ocurrir por acá. ¡Me capo si no es así!

9:00 pm. Llevo tres horas en el CAI. Todo transcurre con normalidad. Estoy por pensar que los domingos en la noche nada especial acontece. Hasta la muerte deja de laborar. Tal parece que en las noches de domingo la sangre no fluye, los cuchillos duermen, los atracos cesan, los ladrones descansan. Al paso que van las cosas, tendré que convertirme en un eunuco. Promesa es promesa. Extrañaré mis testículos, ¡maldita sea!

9.15 pm. Es rarísimo: a nadie violan en las noches de domingo. Los pipís de los violadores paran de trabajar. Seguramente los violadores reservan las noches de domingo para hacer el amor con sus propias mujeres...

9:25 pm. Todo continúa en calma. Ni un alma en las calles. Parece que mi primera noche como patrullero será un fiasco. Qué asco: no habrá artículo para escandalizar lectores. Lo siento, agonías.

10:17 pm. ¡Hijueputa! Repentinamente entran corriendo al CAI un hombre y una mujer. El hombre puede tener unos 45 años; la mujer no llega a los 40. Vienen bastante agitados, ¡y completamente desnudos! ¡Mierda, esta vaina se puso buena!

10:17:20 pm. Juepucha, no sé qué me pasa. ¡El pudor ajeno me invade! Por respeto, no puedo mirarlos de frente. Me hago el pendejo. Bajo mis ojos, los clavo en el piso. Inmediatamente mi mirada descubre que el hombre tiene las uñas de los pies algo largas. Y que por el contrario, la señora las tiene muy bien arregladas, cubiertas con esmalte rojo "sangre toro". Son gajes propios de mirar al piso.

10:17:30 pm. Sin quererlo, mis ojos perciben que la mujer tiene una naciente celulitis en sus bronceados muslos. "La llamada 'piel de naranja' tiene algo de atractivo", pienso en medio de la confusión y el rubor. "La vieja posee uno de los ombligos más hermosos que yo haya visto jamás", me digo a mí mismo desde lo más profundo del lóbulo frontal de mi cerebro, o tal vez, desde una de mis gónadas. No lo sé. "Sin lugar a dudas la dama se tintura el cabello", concluyo con absoluto convencimiento, sin saber porqué...

Rápidamente el teniente Rodríguez, comandante del CAI, atiende a la pareja. Lo primero que ordena es traer algo con qué cubrirlos.

-Lo siento, mi teniente. No tenemos nada para taparlos. La última sábana que teníamos se la pusimos al man que "tostaron" en la calle 40. Los que hicieron el levantamiento del cadáver se la llevaron -le responde el agente González.

-¡Como quiera que sea, ¡busque alguna joda! -le grita Rodríguez al agente.

-¡Sí, señor!

-Hermanito, ¿podría usted hacerme un favor? -me dice el agente González.

-Por supuesto. ¿En qué le puedo servir? -le respondo con mi mejor entonación cívica.

-¿Me podría prestar su abrigo para tapar a los señores?

-Pues... sí... pero... si me muero de frío, ¿con qué cubriría mi cadáver?

-No se preocupe. Me comprometo a taparlo con la bandera de Colombia que tenemos a la entrada del CAI.

- Ok, siendo así, se lo presto. Yo veré, hermano. ¡Me debe una! -le digo a González, con cara de prestamista goterero.

-¿Qué les pasó? -los interroga el teniente Rodríguez al hombre y la mujer, que ahora se tapan el frente de sus cuerpos con mi abrigo, abierto de par en par. ¡Hasta elegantes se ven!

-Fue nuestro hijo mayor, mi capitán. Nos desnudó a la fuerza y nos sacó a empellones de la casa -le contestó la mujer entre sollozos. Mientras tanto, el hombre permanece mudo. Lo único que le preocupa es tapar bien a su mujer. ¡Ni que fuera la única en el planeta!

-¿Y dónde está él? -le pregunta el teniente a la señora, sin antes agradecerle por el ascenso a capitán. 

-Es posible que esté en la casa. Me preocupa que le haga algo a mi hijo menor, capitán.

-¿Dónde viven ustedes, señora?

- Muy cerca, a dos cuadras de aquí -le contesta la mujer, dándole la dirección.

- ¡González: vaya inmediatamente con Martínez a la casa de los señores y revise todo. Mire a ver qué pasó¡ -grita el comandante del CAI.

-¡Como ordene mi teniente! -responde automáticamente González.


El barrio Guacamayas de Bogotá



Rumbo a la casa de los empelotados


Apresuradamente los agentes se dirigen al parqueadero del CAI y prenden sus motos. Decido acompañarlos. Claro, como por razones filosóficas no tengo moto, me toca trasladarme a pie.

"Correr a las diez y media de la noche es muy saludable", me digo en silencio como consuelo.

"Algún día me gustaría escribir un libro que se titule: Los tenis, cómodo vehículo de movilización", continúo pensando.

"¡Cómo me hace de falta la puta bicicleta! Menos mal la casa del señor y la señora está cerca", me digo a modo de automeditación interna subjetiva intracranial.

Si cada hombre lleva en su interior una mujer, la mía tiene que ser Caterine Ibargüen. Y lo digo, porque no de otra manera se explica que en un par de zancadas llego a la casa, a la par que el par de policías.

La puerta de la casa está entreabierta. Martínez grita preguntando si hay alguien adentro. Nadie contesta. Silencio absoluto. Sospechoso, muy sospechoso...

Decidimos entrar a investigar. No hemos caminado más de tres metros por un corredor, cuando vemos manchas de sangre en el suelo. La cosa pinta mal. González y Martínez ponen cara de misterio; yo, que tengo sangre fría, pongo tan solo de cara de míster...

En la medida en que nos adentramos a la sala de la casa, vemos que las manchas de sangre están por todas partes: no solo en el piso, también en las paredes, incluso, en algunas partes del cielo raso. Y como si fuera poco, el olor a sangre flota en el aire.

Lentamente avanzamos hacia la cocina. González y Martínez llevan empuñadas sus armas de dotación. Yo, en cambio, en una mano empuño un lapicero y en la otra sostengo una libreta, en donde voy anotando cada hecho, cada suceso, cada detalle de lo que acontece. ¡Mi gran espíritu de periodista es mi alma de dotación!

Cuando entramos en la cocina nos encontramos con un espectáculo dantesco: tendido en el suelo,  en posición decúbito dorsal y completamente inmóvil, está un muchacho sumergido en un charco de sangre. Una catarata de plasma le brota por el parietal izquierdo. La sangre aún caliente y sin coágulo alguno, pone en evidencia que el hecho ocurrió hace poco. Todo indica que el muchacho fue golpeado en el cráneo con arma contundente.

González le pone la mano sobre el pecho al muchacho. "El mango del man ya no late", nos dice con voz trémula. Martínez se echa la bendición. Llegamos tarde: la muerte nos ganó la carrera. Viaja en Uber.

Repentinamente oímos un ruido. Parece provenir de muy cerca. Sigilosamente avanzamos hacía una puerta que está en el fondo de la cocina. La puerta está entreabierta. Da a un jardín descubierto. Al fondo vemos a un hombre joven de espaldas. Solo viste algo que parece una extraña pantaloneta, o algo así como un guayuco. Tiene el dorso cubierto de sangre y en la mano derecha sostiene una manguera. Le está echando agua a unas lechugas que hay sembradas en un pequeña huerta. Es el más extraño horticultor que haya visto en mi vida.

¡Alto ahí! Levante las manos. No se mueva, somos de la policía! -le grita Gonzalez al hombre joven.

El man obedece sin vacilar. Levanta las manos dejando caer al suelo la manguera.

-¿Quien es el muchacho que está muerto en la sala? -le pregunta González.

-Mi hermano menor  -contesta el hombre.

-¿Sabe usted quién lo mato? ¿Por qué tiene usted el cuerpo manchado de sangre? ¿Qué pasó con sus padres? -lo bombardea con preguntas González

-Lo maté yo -responde.

-¿Por qué hizo eso usted? -le inquiere González.

El hombre joven guarda silencio un par de segundos, mira las nubes, ausculta la luna, inspecciona un par de estrellas, baja lentamente la cabeza, nos clava la mirada, y con absoluto convencimiento nos vomita su explicación:

"Porque quiero volver al diseño de la familia original: padre y madre, desnudos como Adan y Eva; y los quiero fuera de la casa, tal y como fueron expulsados del paraíso. Y a mi hermano, lo maté con mis propias manos, como hizo Caín con Abel".

@dicksalazar




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