El entusado. Cuento corto de @Adosdelrio

Caminaba desprevenidamente en una fría noche bogotana cuando de pronto vi a un tipo regordete que arrastraba una enorme bolsa negra. Pensé que era uno más de los desplazados del Bronx, de esos que ahora se ejercitan caminando las veinticuatro horas gracias a nuestro querido alcalde… pero deseché la idea. "Un tipo así de gordo no puede ser un indigente", me dije a mí mismo.

-¿Le puedo ayudar? -pregunté cuando me puse a su lado.

El tipo saltó como mordido por una serpiente, rodeó con sus brazos el enorme fardo y temblando de pavor me dijo:

-¡Por todos los santos y las santas, por los clavos de Cristo, por Jesús, María y José, por lo que más quiera, no me vaya a robar, esto es todo lo que me queda!


-No se preocupe, soy un pensionado y aunque a veces aguanto hambre, nunca he robado ni robaré a nadie. -le dije para sacarlo del tremendo susto.

-¡Júreme que no lo hará! -exclamó el hombre.

-No lo haré, se lo aseguro. Pero cuénteme, ¿qué hace caminando por aquí, y qué lleva ahí?

-Aquí llevo toda mi vida, bueno… ¡lo que me queda!

Y empezó a sacar todo lo que tenía en la sucia bolsa.

Seis cristos en bronce, dos en yeso, cuarenta y seis escapularios, dos novenas al Divino Baby, una imagen del Señor Caído, una foto -bastante arrugada- de cuerpo entero de un tal monseñor Lefebvre, dos pocillos desportillados, enemil fotocopias amarillentas de resoluciones expedidas por una institución pública, una pequeña réplica en plástico de esa máquina infernal conocida como el potro, un montón de cucharas desechables, servilletas usadas, una gran tusa de maíz envuelta en papel celofán transparente, una caja vacía de preservativos, una caja de vaselina, un Manual de Urbanidad de Carreño escrito en latín, una caja de fósforos para prender hogueras de libros, siete zapatos, cinco...

-Espere, espere, ¿qué es todo eso? -pregunté atónito.

El tipo se sentó en la acera, teniendo entre sus manos la tusa. Y sollozando, como solo podía alguien que ha perdido todo, me dijo:

-¡Yo era el procurador!

-¿Usted..?

-¡Sí, yo! Ayúdeme a desocupar la bolsa -me pidió.

Así lo hice. Cuando terminé de sacar todas las chucherías, el pobre viejo miró fijamente la bolsa vacía y quizá la comparó con su vida. Se la colocó sobre la espalda y se acostó sobre el frío pavimento, abrazando contra su pecho la tusa envuelta en papel celofán.

Me alejé caminando lentamente y silbando una vieja canción que si mal no recuerdo se llama La Tortilla. Repentinamente creí comprender el significado de aquella tusa: seguramente simboliza el gran "guayabo" que el hombre siente por su viudez de poder.

Cuando encuentren a este nuevo desempleado, no faltará quien diga que hay una página adicional en los Acuerdos de La Habana en donde está consignado este triste final.

Armando Abril
@Adosdelrio




     

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