La reunión de los apellidos. Cuento corto de @adosdelrio

Como en todas las ocasiones, la fiesta prometía ser sensacional. La Reunión de los Apellidos, como se le conocía en toda la región, era el acontecimiento al que se daban cita todos los descendientes de aquellos que muchos años atrás y, habiendo llegado de muchas partes, se habían atrevido a levantar, primero una que otra casita y poco a poco, a construir todo un pueblo hermoso, tranquilo y acogedor.


Un muchacho de apellido Mensajero se encargó de pasar por debajo de cada puerta la consabida invitación –más por rigor que por otra cosa pues todos eran conocidos-, pero se cuidó muy bien de acatar la recomendación de no hacerlo en la casa de la colina. 

La noche del festejo anual los primeros en llegar fueron los Amador, los numerosísimos parientes de aquel borracho loco y desvergonzado que contra viento y marea se atrevió a montar el primer burdel de la región. 

Aparecieron seguidamente los Murillo, los hijos y los nietos de ese maestro de la construcción que les dijo como sentar bases, levantar muros y hacer una vivienda sólida. 

Entraron sonrientes y oliendo a incienso los Santamaría, los más ricos e influyentes de todos, descendientes viejos y descendientes jóvenes del primer cura del pueblo. 

No podían faltar los Herrera. ¿Qué hubiera sido de todos si nadie hubiera sabido cómo cuidar los cascos de los caballos? Cargar pesados fardos sobre el lomo solo era labor de esos nobles brutos.

Y los Zapatero, arribaron a la fiesta estrenando cada uno su lustroso calzado, orgullo de todos y recordatorio de aquel que cubrió sus pies y los protegió de las piedras del camino cuando aún no había carreteras. 

Casi al tiempo aparecieron los Sánchez, todos un poco pasados de kilos, quizá parodiando a su ancestro, a ese que con profunda emoción recordaban como el abnegado escudero de un tal Don Quijote. 

Vinieron, vinieron y vinieron, los salones se colmaron y los sonidos de la música y las risas de todos los asistentes se escuchaban a centenares de metros a la redonda y llegaban a una lejana colina donde vivían los únicos no invitados al evento. Desde allí, una familia triste miraba todas las luces del pueblo asomándose al balcón y tratando de asimilar el desprecio. Por más que llevan muchos años intentándolo, nunca pudieron hacerle entender a los demás que su tatarabuelo no hizo otra cosa que aplicar la ley cuando alguien cometía un crimen. 

Todos los años, en esa noche especial para otros, mas no para ellos, un padre, una madre, unos hijos, unos nietos y un tembloroso abuelo, quisieran poderse ir a vivir a otra parte o al menos cambiarse el apellido. Después, con profunda melancolía, con la cabeza gacha, como si llevaran un cepo y arrastrando los pies, como si les pesaran unos grilletes, los Verdugo se dirigen al enorme comedor, se sientan y empiezan a cenar en silencio.

Don Benjamín, tatarabuelo de los Verdugo,
uno de los primeros "capuchos" de la historia

Armando Abril
@Adosdelrio


     




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Verdugos de la Edad Media: profesión angustiosa


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