"Me rajé en chancuco": @RuthAbello


Nunca tuve buena relación con el "chancuco", la "copialina" el "machete", el "soplete" o como llamen en otras partes a la mágica forma de “ayudarse” en los exámenes o previas. 

En el mundo estudiantil siempre me resultó mejor ajustarme a la norma, aunque todos sabemos que impera la frase “Hecha la ley, hecha la trampa”. A mí me aterra el escarnio público al que se somete quien es agarrado con las manos en la masa. Así como en la fiesta a todos nos cae confeti, en épocas de estudiante a todos nos tocó ver o ser parte de la trampa aunque sea de manera tangencial. Yo también tuve mis encuentros y desencuentros con el chancuco.



MI PRIMER DESENCUENTRO CON EL CHANCUCO
A mí me tocó ser honesta porque los torpes somos miedosos y los miedosos no nos atrevemos a la prodigiosa hazaña del chancuco. A mi favor diré que en mis comienzos escolares fui una niña brillante que sin mayor sacrificio ganaba los exámenes.

Cuando digo "sin mayor sacrificio", quiero decir que jugaba en todos los recreos y dormía todas las tardes. Y digo "brillante", porque en un salón de más de 40 niños -como era y sigue siendo en las escuelas públicas-, yo izaba la bandera. Sí señores, con las trenzas desbaratadas y las rodillas sucias de tanto jugar, ahí estaba yo los miércoles con la deshilachada bandera de Colombia en el pecho llenando a mi mamá de orgullo.

Un orgullo que duró hasta séptimo, de ahí en adelante todo transcurrió con más pena que gloria.



De estas tres niñas, Ruth es la más pequeñita

El chancuco me hubiera permitido no rajarme en ninguna pregunta, ni siquiera en aquella primera pregunta que según la profe fallé, pero que -a mi juicio- respondí correctamente.

La pregunta era: ¿Cuáles son los colores del semáforo y qué significan?

Rápidamente respondí: los colores del semáforo son tres: rojo, para que paren los carros y pasen los peatones; verde, para que anden los carros y esperen los peatones; y amarillo... (ahí la duda me poseyó, ¿amarillo, amarillo para qué…? No recordaba, al fin de cuentas yo todos los días iba a pie a la escuela). Así que me tiré al agua y escribí: para que pasen carros y peatones.

¡Qué vaina! Me calificaron como mala la respuesta, pero en la práctica era correcta (bueno...hasta que implementaron las fotomultas).


MI PRIMER ENCUENTRO CON EL CHANCUCO
También hay otra clase de chancuco: el chancuco posterior al exámen o posexámen. Es, sin lugar a dudas, el más arriesgado, como todo lo que se haga sobre lo que ya está hecho o mal hecho, máxime si se exige que sea a escondidas. Quizá este es el único “pos” malo, ah bueno y el POS de las EPS que es obligatorio pagar y que no cubre casi nada. Y pos también el conflicto que tenemos ahora entre el SÍ y el NO.






Un día con mi hermana y sus amigas decidimos no formar antes de clases y nos escondimos en el salón. Ellas, más grandes que yo, pero del mismo curso, decidieron hurgar en el escritorio de la profe y encontraron los exámenes (aún sin calificar) y apresuradamente se dieron a la tarea de corregir con cuaderno en mano.

Yo, inmóvil y perpleja cual cómplice del peor crimen, me quedé paralizada. Las amigas de mi hermana desconfiaban de mí, porque claro: todo honesto es sapo, y además, yo soy la menor de la casa, y todo menor es sapo. Así que eso me estigmatizaba como doblemente sapa. Yo nunca hubiera sapeado porque perjudicaría a mi hermana; además, ¡qué miedo esas viejas tan grandes!

¡Ah! Los exámenes aparecieron misteriosamente rotos...


MI SEGUNDO ENCUENTRO (Y EL ÚLTIMO) CON EL CHANCUCO
El chancuquero además de habilidad debe contar con el factor suerte, entendiendo por suerte la audacia que se logra por este constante ejercicio de hacer trampa, además de los valores agregados como la belleza de la flor ante un picaflor. Son elementos que el chancuquero sabe sortear en este momento extremo.




   
Finalizando el colegio, en un examen en parejas me tocó por azar con una chica que no era de mis habituales compañeras de examen. Ella tenía todo apuntado en una escuadra grande. Yo le supliqué: “No saqués eso”, pero ella, que era todo una experta, me dijo: “fresca”.

En medio del examen, gracias a mi torpeza y mi temor, tumbé esa bendita escuadra y oí como se me derrumbaba el mundo. El profe, todo un caballero, se acercó y le ayudó a mi compañera a recoger la escuadra. Ella, un niña muy bonita, le sonrió. El tipo, seducido, le correspondió y yo resucité.

Agradecí a la vida que además de alumnos torpes, como yo, existieran profesores más torpes, como él.

UNIVERSIDAD: CERO CHANCUCO
Ya en la universidad -y como amaba mi carrera-, el chancuco no tenía cabida en mi monogámica relación con la Economía. Seguía siendo temerosa y torpe (mi motricidad tenía voluntad propia y era capaz hasta de derramar al viento). Además, desde que salí del colegio uso lentes y en el estrés de los exámenes ni oigo. En otras palabras: el amor, la torpeza, el miedo, la "sordera" y la "ceguera" me hicieron inepta para el chancuco. En chancuco saqué cero.





Así las cosas, no me quedó de otra que fortalecer mi ego (estudiando, ¡claro!, logrando y proyectando seguridad al responder un examen) para que no se me notara la torpeza (así como ocurre con todos los egos que siempre ocultan algo).

Si de pronto en un examen y ante una pregunta concreta, como en las áreas cuánticas que requieren de una respuesta exacta, yo alcanzaba a ver que el otro tenía una respuesta diferente de la mía, yo pensaba: “Pobrecito, tiene todo eso malo”.

"La confianza en sí mimo y la disciplina te alejan del chancuco". Cuco Valoy.

@RuthAbello 
  


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