El oficinista, según @RuthAbello

¿Qué es un oficinista?
Oficinista es ese empleado que trabaja en un lugar generalmente cerrado y reducido y que en los últimos tiempos se ha descalificado haciéndolo ver como un pobre diablo y mostrándolo como la derivación de la esclavitud. (Bueno, en esto último tienen razón los verdugos y críticos del oficinista). 

Para muchos, ser oficinista  es la única alternativa de vida, la única opción que ofrece el sistema laboral. Es como el camino del pesebre: el único, la única posibilidad. Desde el colegio nos adoctrinaban para ser oficinistas, para obedecer, para responderle bien al jefe, para agachar la cabeza, so pena de quedarse en la calle pateando piedras y con los bolsillos vacíos.



El jefe del oficinista
El oficinista además de tener la responsabilidad de su labor, debe lidiar con el jefe que le tocó (como un matrimonio a ciegas). Claro que si es en una multinacional, no es tan duro, porque al fin de cuentas el jefe es otro empleado más. Pero las buenas multinacionales se están yendo en estampida y siguen ganando terreno las otras, donde el dueño del letrero es el jefe, he aquí el calvario. Hay jefes que se creen dios y con tres gritos destruyen el autoestima de su empleado, máxime si su subalterno tiene obligaciones económicas o compromisos académicos. (Cuenta la leyenda que quien trabaje en una empresa de estas va derechito al cielo).


Mis jefes
Yo empecé en una maravillosa multinacional. Todo era perfecto, lo malo: yo era practicante y mi tiempo estaba contado. El ambiente feliz me hacía pensar que eso de trabajar era muy chévere, en el almuerzo no se hablaba de trabajo y quien lo hiciera debía gastar chontaduro a la salida. 

Después pasé a una empresa pequeña y el jefe era un tirano, trataba muy mal a una chica y yo todos los días libreteaba mi respuesta para cuando me tocara a mí. Mi mamá al ver mi angustia me dijo: “No mija, si ese tipo te trata mal, agarrás tu bolso y te venís pa’ la casa, ni que estuvieras aguantando hambre”. Y bueno, esa inyección de respaldo me hizo olvidar mis imaginables enfrentamientos con el monstruo. Trabajé unos meses, afortunadamente el tipo siempre me trató bien. 

Luego pasé a una empresa más grande y todo era mejor, pero también tenía jefe, una vieja (no tan vieja) que tenía por costumbre llegar amargada todos los lunes. Ella se las daba de amiga de todas sus subalternas, pero entre más confianza, peor era el trato. Así que construí un muro entre ella y yo, ese fue mi búnker. 



También tuve un jefe chévere, intelectual, conversador, le tuve tanta confianza que hasta un diciembre le dediqué la canción “El hijo e´tuta”, y hasta la bailamos… 

Finalizo mi historia en una empresa muy interesante, con un jefe muy muy inteligente y con reconocimiento nacional e internacional, pero ¡qué tipo tan difícil! Por un buen tiempo fui su mano derecha, pero fui testigo de cómo mancillaba a más de uno (todavía estoy traumatizada).

El transporte: drama del oficinista
El oficinista además del jefe, tiene un segundo drama: el transporte. Esto es una total prueba de resistencia. Primero, padecer la espera del bus que no pasa; o correr para alcanzarlo ya que para a una cuadra más adelante (así desarrolle mi talento de correr en tacones); segundo, meterse a la mala y atiborrarse como muñecos de trapo en esa lata. Durante el trayecto uno que otro grito porque alguien quedó aprisionado en la puerta, o porque no alcanzó a bajarse y el bus arrancó (eso me pasó a mí y me fui de jeta contra el planeta y terminé con yeso en un brazo); a la llegada, tirarse al pavimento constatando que a uno no le falta nada, ni la camisa ni un zapato… y llegar heroicamente al trabajo.

 Yo me mareaba por la falta de aire y al estar rodeada y pese a mis 1.67 m de estatura  (incluyendo los siete de los tacones) quedaba enana. Algunas veces con la seriedad que me caracteriza y con toda sinceridad decía: “voy a vomitar” y mágicamente me hacían calle de honor. Claro, nunca vomité porque me bajaba en cualquier parada a esperar que se me pasara. La gente me miraba con la duda de si yo estaba enferma o borracha.



El regreso a casa era otra adrenalina. Salir de la oficina después de terminada la jornada y hacerlo casi que a escondidas del jefe porque fijo le da por pedir reporte de algo o inventarse una reunión. 

Superada esta prueba, vuelve y juega lo del transporte, pero sumando un pequeño detalle: la propensión a ser asaltado en el bus o en el paradero era mayor. Aquí no tuve de otra que volverme motociclista, aunque a las empresas no les gusta mucho porque el riesgo de accidente aumenta. Y claro, pasó lo que tenía que pasar: me fui otra vez contra el mundo y terminé con una pierna enyesada y una buena temporada en muletas. 

Hay otros empleos que tienen transporte y bueeenoo esto es una maravilla, porque es una caída menos en este calvario del oficinista. Claro que hay conductores afanados y carreteras despavimentadas y cuando esto confluye ocurren los accidentes, como en uno en el que íbamos ya llegando al trabajo y ¡tenga! nos dimos de frente con un bus y todos pa´l cañaduzal. En este caso le di un cabezazo a la ventanilla y me fui de cuello ortopédico varios días.


El almuerzo del oficinista
Ahora viene otra carrera,  la del almuerzo, que generalmente es otra fila para calentar su coca de comida y sufrir el temor de rumores como que la comida recalentada da gastritis y que el uso del horno microondas produce cáncer. Se forman alianzas por parejas o equipos para que alguien compita el turno del horno. Es la exposición de las rivalidades. El encuentro feliz al sentarse a reír, a hacer intercambio gastronómico (cambiando las tajadas por una presa de pollo) y charlar, mitiga todas las peripecias que trae una jornada laboral, pero no falta el día en que al jefe se le ocurre hacer su aparición e irrumpir el momento ameno, quedando uno con la cucharada en el aire porque dizque necesita un dato urgente o porque llegó un fulano “importante”. La única salida es esperar la quincena para irse con los compañeros a almorzar un corrientazo, lejos del alcance del jefe.


Otro drama del oficinista: convertirse en mando medio
Pero lo peor de ser oficinista, es ser mando medio, es decir, ser el jefe debajo del jefe. Se padece más estando fuera de bando, con la gente queriendo no acatar porque uno no es el dueño y el gran jefe dando poder y otras veces anulándolo. Aquí no se trabaja en cubículo y se gana más plata, pero qué berraquera sí que se sufre. La relación costo beneficio es directamente proporcional. En este caso ya tenía mi carro (viejo pero en perfecto estado) que sólo dejaba cuando tenía pico y placa, pero no faltaba el empleado que cuando no veía mi carro me decía “Ay jefe, ¿tiene el carro varado?”. 


La ventaja de ser oficinista
Benditas sean las vacaciones, primas y cesantías (horas extras no hay que porque uno es dizque personal de manejo y confianza). Pero bueno, así y todo se construye amistad y se trabaja con amor, por lo menos yo le pongo pasión a mi trabajo y soy feliz como oficinista. Además le tengo pavor a ser independiente, yo soy de esos cobardes que prefieren su sueldo fijo y puedo decir que trabajo en lo que me gusta. De todos modos, es mejor ser oficinista que desempleado, uno prefiere renegar que enviar hojas de vida (yo ya me sé todos los test). Aunque ahora esté de moda dejar el trabajo fijo para perseguir el sueño, también hay otros que preferimos el trabajo fijo para tener tranquilo el sueño.


El sueldo del oficinista
En mi experiencia personal he tenido más cargo que sueldo y he sido “Jefe de” incluso sin subalternos porque las empresas creen que el cargo es un beneficio, como si uno  pagara el mercado con el carné laboral. Por último diré que los oficinistas aportan al país y que todos los años rezan infructuosamente para que el aumento del salario mínimo valga la pena y porque mejore el sistema de transporte. Tener trabajo es bueno, lo malo es que sea tan larga la jornada. Pero seguro que el cambio también llegará por estos lados y que mejor que con el teletrabajo o trabajo desde casa donde cambiaremos los tacones por las chanclas.

@RuthAbello 
  

   

4 comentarios :

  1. Una publicación muy amena, me gusta esta lectura, plenamente identificada

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  2. Excelente reflexión, solo puedo decir que cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia, jjajaja y ser ¨jefe de..¨ sin ser dueño del letrero en una empresa familiar lo único que trae de mas es una sensación de inestabilidad, no se es tan importante como el dueño pero tampoco te ven como un empleado mas jajajaja

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  3. Buenissimo,me identifico, tuve una jefe que decia ser mi amiga pero que va ...

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