¿Qué le pasa a Jorge Franco, el papá de Rosario Tijeras?


¿Qué le pasa a Jorge Franco, el papá de Rosario Tijeras? ¿Tiene agitada la torre de control? ¿Sufre de emotividad descontrolada? ¿Padece de apresuramiento conceptual? ¿Adolece de tremendismo emocional? ¿Será que la rabia y la ira le nublan la razón y el buen juicio? O tal vez a Jorge Franco no le pasa nada, y es a mí a quien le está fallando el opinadero... Será usted, amigo lector o tú, amable lectora, quienes tendrán que decidir cuál es la verdad de este complejo asunto. Bienvenidos a un episodio más de la gran patología nacional.



Colombia entera se indignó con la violación y asesinato de la niña Yuliana Andrea Samboní Muñoz de siete años de edad. Y por supuesto, el escritor Jorge Franco, también. No era para menos. No de otra manera se puede reaccionar ante macabro crimen.

El asesinato de la niña indígena sacó a flote toda la descomposición social y moral de la que adolece Colombia. Dantesco espectáculo sociológico de múltiples caras. Sin embargo, para no caer en la exageración del pesimismo, habría que decir que este espeluznante caso también sacó a relucir lo bueno que tiene nuestro país.

Estas son algunas de esas caras de la gran enfermedad nacional que la muerte de Yuliana puso al descubierto:

Primera cara. En nuestro país, el abuso sexual y la violencia contra los niños son un fenómeno recurrente. Y lo peor, es una enfermedad social que goza de buena salud: se incrementa a ritmo sostenido. No lo digo yo, tampoco lo dice Mickey Mouse. Lo expresó Carlos Valdés, director de Medicina Legal:

"La violencia sexual en niños y niñas tiene unas cifras que van en aumento respecto de los dos últimos años. Para octubre 31 teníamos más de 18.000 dictámenes a nivel nacional (...) Esto significa que la violencia sexual dirigida a menores y niños es uno de los mayores males que sufre el país (...) La violencia sexual es patrimonio de una cultura machista y agresiva".

(Ver entrevista en Semana)

Segunda cara. Hay un vigoroso (y arrecho) ejercito de pedófilos acechando en las esquinas: quieren abusar de tus hijos, de los míos y, en general, de los hijos de cualquiera de los colombianos; quieren abusar de todos los niños, de todos, sin distingo de raza, estatura, credo o posición política. Son muy democráticos los malnacidos. Según cálculos, en el país del Sagrado Corazón hay 480.000 pedófilos. ¡Qué hijuepurca miedo! Mi niño interior está asustado.

Pedófilos y pederastas en Colombia. Semana.

Tercera cara. Los colombianos están  desesperados. Están cansados de que las autoridades no actúen, están mamados de la impunidad.  El fenómeno se llama vacío y destartalamiento estatal, podredumbre gubernamental. La gente masivamente sale a protestar. Son las fuerzas que indican que Colombia no está muerta. En esa gente que se moviliza está la esperanza. La movilización ciudadana sirve de acicate para que las autoridades actúen y lo hagan con transparencia, sin dejarse manosear por los ricos e influyentes (¡soñador que soy yo!).

Pero claro, estás movilizaciones tienen sus aspectos polémicos. Entre las muchas voces que se oyen, suenan discursos extremistas. El extremismo es enfermedad.

En medio de su desesperación, algunos ciudadanos piden pena de muerte para los infanticidas y abusadores (Extraño país cristiano el nuestro. Olvida fácilmente uno de sus propios principios: "Solo Dios es el dueño de la vida") ; otros ciudadanos -menos "ambiciosos"- exigen cadena perpetua.

Muchos colombianos creen en la magia de los números: piensan que la solución del problema está en incrementar las penas para estos delitos. Es el llamado "populismo punitivo", un bálsamo que calma la indignación popular y que ciertos políticos oportunistas proponen y apoyan para mejorar su imagen personal. Esta semana, muy "juiciosos" y muy "pilos" radicaron en el Congreso dos proyectos de ley y un par de reformas de la Constitución que apuntan a elevar las sanciones a este tipo de abusadores.

Da lo mismo que las penas sean de 20, 40 o 50  años de prisión, si la justicia no actúa, actúa lentamente o funciona a través de policías, fiscales o jueces corruptos. Da lo mismo que las penas sean de cien o de mil años, si la justicia no tiene un adecuado presupuesto para su funcionamiento. Mientras la Rama Judicial siga siendo la cenicienta del paseo, no habrá justicia.

¿Cómo diablos aumentar las penas si las cárceles están hasta las tetas de reclusos? El hacinamiento inhumano en las prisiones es la tortura extra a la que la sociedad condena a los internos, a todos los internos, a los que ya están cumpliendo su pena y a los nuevos.




¿Con qué autoridad moral puede una sociedad condenar a los infames campos de concentración que las Farc construyeron en la selva para retener a militares y políticos secuestrados, si sus cárceles son iguales o peores de inhumanas?

Según la prensa, al asesino de Yuliana le esperan al menos 50 años de cárcel, sin derecho a rebaja por la forma como cometió el crimen: secuestro simple, tortura, acceso carnal violento con menor de 14 años y feminicidio. ¿Cree usted que medio siglo no es nada?

Por su parte, el feminicidio, creado como delito autónomo en 2015, establece que el mínimo de cárcel para quien incurre en este delito es de 20 años y el máximo, de 41. La pena mínima por un homicidio común hoy puede ser de 13 años. Así, pues, la pena se incrementó en siete años cuando la víctima es una mujer. ¿Cree usted que si el incremento hubiera sido de 20 años, los delitos contra la vida de las mujeres habrían disminuido?

En Colombia tenemos leyes que castigan los abusos sexuales cometidos contra lo niños. En esas normas están contempladas sanciones significativas para quienes incurran en tales delitos. El problema no es de penas ni leyes, el problema está en otra parte.

¿Prisión perpetua para los violadores de niños? Semana.

Cuarta cara de la enfermedad nacional. Jorge Franco, un representante de los miles de "radicales emocionales" con los que cuenta Colombia, no solo se indignó ante el asesinato de Yuliana. Fue mucho más allá: se ultraindignó, se superemputó. Tanto se emberracó, que está dispuesto a matar con sus propias manos a los abusadores de niños, si para ellos no se establece ya mismo la cadena perpetua como pena. Exhibió su ira desmedida en las redes sociales. Cual vaquero del siglo XXI, se colocó a la cabeza de las hordas que creen que la solución está en tomarse la justicia por sus propias manos.




A los cinco minutos de que Jorge Franco emitiera su tuit,  toda la cúpula estatal se estremeció. Néstor Humberto Martínez, fiscal general, palideció. Senado y Cámara se reunieron en sesión extraordinaria para iniciar inmediatamente el trámite de una ley que impusiera cadena perpetua para los violadores de niños. Había que actuar rápidamente para evitar la masacre con que amenazaba Jorge Franco. Los magistrados de la Corte Suprema hicieron sala plena para autorizar un "fast track" que le permitiera al Congreso aprobar dicha ley en una sola sesión. Desafortunadamente el plan se vino al suelo cuando se supo que el presidente de la república, a quien le corresponde promulgar las leyes, estaba de viaje: había partido hacia Oslo (Noruega) a recibir su Nobel de Paz. Regresaría en una semana...    

"De qué paz habla Santos, si en el país ocurren  crímenes como el de Yuliana", pensó con maquiavélico oportunismo político el presidente Uribe, primer enfermo de la nación. Telepáticamente, doña María Fernanda Cabal lo aplaudió.

Una de las pocas personas que no se asustó en el país con las terribles amenazas de Jorge Franco, fui yo. Pensé en prestarle a Jorge una navaja para que degollara a todos los pedófilos del país. Confieso que mi intención no era muy altruista que digamos: esperaba que todo ese reguero de sangre me inspirara para escribir un betseller que llevaría por título Jorge Navajas. Pero me arrepentí: el título me pareció un plagio del nombre Pedro Navajas, la famosa salsa de Rubén Blades. Así que aborté el proyecto (¡Que su santidad Alejandro Ordóñez me perdone por esta interrupción voluntaria de mi plan!).

Pensando mejor las cosas, caí en la cuenta de que Jorge Franco -y todos los jorgefrancos que hay en este país-  necesitan en realidad tres cosas:

Un litro de valeriana para que se calmen y dejen de hacer patéticos exhibicionismos emocionales; un ejemplar de la Constitución Nacional y otro del Código Penal para que tengan claro lo que significa el Estado de Derecho.

Tomarse la justicia por las propias manos para asesinar asesinos, así sea de manera "twitersimbólica", es virtualmente una soberana estupidez. Es renunciar a la única cosa que nos sacó (o puede sacarnos) de la barbarie: el respeto a las normas del derecho y sus procedimientos.

El camino, mi estimado Jorge, no es incitar a tomar las vías de hecho; el camino es presionar para que las autoridades actúen. Presionar para que se fortalezcan las instituciones y la ley se cumpla.

En momentos de ira popular como el que hoy vive Colombia, es precisamente cuando las personas sobresalientes -y Jorge Franco lo es- tienen grandes responsabilidades sobre sus hombros:

Tienen el deber de aportar reflexiones profundas, hechas con cabeza fría, que ayuden a clarificarle a la ciudadanía el camino a seguir para la solución de los problemas que aquejan a nuestro desgarrado país. Cualquier otra actitud, es contribuir a volverlo mierda a punta de tijeretazos. Amén.

@dicksalazar




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