La última estación. Por: @RuthAbello

Hace poco más de un año leí en un periódico que Colombia dejará de ser un país joven en el 2020 y que en el 2050 el 21% superará los 80 años (aunque me sorprende más que la expectativa de vida sea tan alta).

El otoño, como se conoce a la cuarta edad y última estación; el ocaso, como se llama poéticamente a la vejez; el declive final de la curva, como le digo yo a esta etapa de la vida que no por ser última asegura que todos lleguemos.

A este fin de ciclo que no sabemos cómo nos tocará -si es que nos toca- y al que nadie parece querer llegar -pese a que el tiempo aferra cada vez más a la vida- y donde el espíritu de supervivencia aumenta como madero a la deriva que no quiere hundirse en las aguas y se resiste infructuosamente a dejarse llevar por la corriente.

Y si es cierto eso de que la belleza es un concepto, a la vejez la hemos desprovisto de todo encanto.


Los niños casi que de manera natural le temen a los viejitos extraños que pasan por la calle. Yo particularmente, que siempre estaba jugando rayuela en el andén de mi casa, tan pronto veía acercarse a un anciano me entraba despavorida a esperar a que se le alejara para volver a salir. Era algo así como el coco que espantaba de día.


La australiana Bette Calman, profesora de yoga de 85 años

El aumento de personas en el ocaso de la vida parece que guarda una relación directamente proporcional al alzhéimer, una enfermedad que se presenta como si hubiese un inquilino en la cabeza que quiere hacer lo que le da la gana. Como si una versión de nosotros mismos, que ya habíamos desinstalado, volviera a funcionar junto con la versión actual. Dos apps haciendo estragos en nuestro comportamiento. No es otra cosa que el bendito pasado resistiendo a ser olvidado.

No solo el atractivo físico sino también conceptual se ven perjudicados en nuestros preceptos de lo bueno y lo malo. Está claro que para insultar a alguien mayor nos referimos a él como “viejo”, convencidos de que lo estamos ofendiendo. Por eso abundan expresiones como “viejo cacreco”, “viejo güevon”, “vieja pendeja”... Como si la vejez fuera un despropósito al que los insultadores estuvieran exentos. 


Con algo de suerte, algún día todos llegaremos a viejos.
Que la propia vejez se convierta en "noche oscura",
en mucho depende de cada quien.  

Por supuesto, vejez tampoco es sinónimo de bondad, aunque en la vejez hasta el diablo parece bueno. Hay gente que ha sido perversa y eso no se le quita ni con los años, de ahí el refrán: “El que es no deja de ser y guarda para la vejez”. Pero los viejos llevan ya un recorrido que los hace dignos de respeto, que va más allá de cederle la silla especial en el bus o de que tengan una fila preferencial.

Volviendo a la estadística que muestra que nos estamos envejeciendo en gallada y con alzhéimer para peor, se ha venido desarrollando de modo inusitado un cuestionable negocio: los mal llamados “hogares” geriátricos, que se están propagando como iglesias de garaje (sin dejar de desconocer que sí existen sitios comprometidos con el cuidado de los mayores y que operan con responsabilidad). 



¿Cómo se está preparando usted para su vejez?
Hay muchos jóvenes por ahí "capando" geriátrico.

Estos negociantes consiguen casas y las atiborran de ancianos confinados al olvido, ancianos condenados a vivir en el destierro del hogar. En la gran mayoría de casos, estas casas están al cuidado de mujeres frustradas que cuentan las horas sentadas para salir corriendo.

En estos "hogares" del adulto mayor se les asegura comida y dormida, pero nada más. Como cachorros en la perrera. Ya nadie quiere contar sus historias, inmersos en la tristeza y en el olvido de unos hijos “ocupados”, de unos nietos desprendidos y de hermanos quizá ya fallecidos. A algunos con su propio dinero de la pensión se les paga el lugar y con el resto del dinero siguen sin darse cuenta sosteniendo a unos mantenidos que gozan de la casa y la juventud.

Los ancianatos serían un lugar perfecto si fueran concebidos más allá de la idea de lucro y del trampolín para pedir recursos que solo engordan un bolsillo. Existen muy pocos lugares donde el abuelo es feliz y se siente vivo. La mayoría de los ancianos están en un lugar donde ni la muerte quiere arrimar.


Envejecer con dignidad, equilibrio, elasticidad...
¡Esa es la cuestión!


Otro gran número de esta población mayor se queda en su casa desesperando a los familiares con sus olvidos y su comportamiento senil, poniendo a prueba la paciencia de quienes lo rodean como retribución a los años de esfuerzo y dedicación por los tiempos en que este abuelo se la jugó toda por su familia. Lo que antes eran caprichos, después son chocheras (así podemos darnos cuenta cuáles serán las nuestras).

En la última estación fallan los sentidos y algunos llegan incompletos físicamente, como muriéndose por partes, pero hay una persona ahí en ese cuerpo con un corazón triste o feliz, depende de cómo le toque ese otoño. Con un cálido abrazo esperando…

La vejez es un destino que no a todos se les ofrece, de la otra opción nadie sabe nada.




1 comentario :

  1. No me gusta para nada, la idea delos hogares geriátricos aunque sé que en algunos casos es una solución necesaria.
    En mi caso particular, yo atendí a mi padre hasta el final (murió de 90 años) y mi madre, con 109, rodeada de mucho amor, vive con nosotros, hijos, nietos, bisnietos y tataranietos. y entre todos, procuramos hacerla sentir bien y alegre.
    Pero sí planteas de manera magistral lo de los asilos. Conozco a personas para quien sus ancianos son una carga insufrible, insoportable y si no los llevan a un ancianato, es porque su situación económica no lo permite y entonces, los meten en el último cuarto de la casa, como si ese ser que otrora les dio cariño, buenas enseñanzas y una educación esmerada, hoy sea motivo de vergüenza. Este artículo me parece excelente y hay que enviarlo a los jóvenes y decirles además, que se miren en ese espejo, porque muy pronto tendrán que cumplir esa cita con la decrepitud.
    Estoy de acuerdo en que Colombia muy pronto, será un país de viejos; ya nadie quiere -como hice yo- tener seis hijos, aunque con diferentes mujeres. Hoy los hogares tiene un sólo vástago y dos, en los casos extremos

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