Permiso para entrar, por @RuthAbello

Ante la cita reverencial donde en lugar de pedir permiso para entrar uno parece pidiendo perdón, acudimos como feligreses en búsqueda de redención: la mejor postura, el mejor traje, una pila interminable de documentos como si fuéramos a ingresar a la mejor universidad o estuviéramos aspirando al empleo de nuestras vidas.

Las huellas, las fotos y los exámenes médicos como requisito para ver si somos merecedores de la aceptación, me hace sentir en los tiempos no vividos de la esclavitud posando frente a la mirada minuciosa y escrutable del amo. No sin antes haber sometido a la lupa, la información escrita.

Estamos todos en tensa calma como esperando permiso para pasar del patio trasero (nuestro lugar) al salón principal. Sacamos a lucir nuestra mejor pose de ciudadanos de bien, la misma que se nos arruga cuando vemos las caras de desconsuelo o rabia de los que no son “dignos” de pisar esos parajes desarrollados: la casa del tío Sam.


Hagamos un rápido paralelo del “aquí” y el “allá”. Aquí recibimos al extranjero como rey, como si acabara de desembarcar de la Pinta, de la Niña o de la Santamaría. El acento diferente es una melodía a nuestros oídos y si no lo entendemos es la sinfonía completa. Allá nos reciben como posibles narcos o sicarios o si no, por lo menos potenciales.

Repasar la propia vida como si fuera un examen de conciencia, responder las preguntas como me imagino sería el juicio final, la toma de juramento que redime el perdido poder de la palabra, preguntas repetidas como poniéndole una trampa a la memoria. Son las pruebas a las que nos sometemos. Aquí, como en mi segundo parto, me desprendí de las experiencias ajenas para no alienarme.

La repetición de la preguntas como que si he tenido problemas judiciales y que yo en principio respondía con contundencia: “No” y que después de escucharla de nuevo me hacía recordar la vez que un policía me sacó enojado de la comisaría por putear a un ladrón que le robó a mi mamá su carterita de ir al mercado y en el afán de su objetivo la tumbó al suelo sin compadecerse de sus 70 años. 

La otra pregunta repetida era si he salido del país y yo con inmediatez dije: “No”. Pero la segunda vez le dije: bueno, en el colegio fuimos de excursión al Ecuador. El entrevistador ignoró mi respuesta y recordé que para los americanos, los suramericanos somos un solo país.




Muchos aspirantes a ingresar a la gran potencia exponían en la entrevista su mejor inglés y yo, que quizá soy resentida, traducía esa actitud como el croar de un sapo. 

En la espera consecutiva que imponía un turno en la fila, veía como cada respuesta parecía más bien una explicación.

Obviamente yo no asistí obligada a la cita y también anhelaba el “Sí”. Lo que me apesadumbraba era la forma. Y la estoica manera que tienen los que vuelven a una segunda o tercera oportunidad es algo que me aterra y que admiro.

Volviendo a la memoria colectiva de la esclavitud yo quise ser un negro cimarrón para no bajar la cabeza ante el amo. Creo haber respondido con soltura o por lo menos con transparencia, sosteniendo el cartapacio de papeles que ni siquiera abrí porque no me pidieron ninguno.




Las preguntas que seguramente son las mismas para todos, no me parecían de cuestionario sino de una conversación que estuviera validando algo sobre mí. Al final el interlocutor (dueño de un total atractivo) con el mejor acento español que le haya escuchado a un norteamericano, irrumpe con un “felicitaciones, sus visas han sido aprobadas”, al que correspondo con un apacible “gracias”, más como respuesta que como sentimiento de gratitud. Por su puesto me alegraba la respuesta positiva, pero, ahora que lo escribo hubiera preferido un “Bienvenidos”. Al fin de cuentas es su país.

Yo estoy feliz de que me hayan aceptado, aunque me resienta que se hayan adueñado del gentilicio “americanos” dejándolo solo para ellos  y que nosotros sumisamente cedimos conformándonos con “hispanos” o “latinos” como bastardos no merecedores del apellido.


Ante esta travesía  de emociones encuentro normal nuestra alegría al obtener el permiso para entrar. Lo inadmisible es que haya gente con aire de superioridad por obtener la visa.



1 comentario :

  1. Un buen escrito es aquel que nos hace imaginar y vivir la situación que se nos está narrando. Felicitaciones Ruth, tu escrito nos despierta esa imaginación y nos hace vivir la situación.

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